Análisis: Dragon Ball Sparking! Zero para PS5

Por Alejandro Corell


La vuelta al cole


No puedo sino relacionar el viaje de Goku con mi etapa escolar. Antes de sumergirme en las interminables horas que conforman una jornada escolar para un preadolescente, todos los días, un jovencito yo se tomaba un vaso de leche mientras miraba boquiabierto uno o dos capítulos de Dragon Ball Z (o los que diese tiempo, apurando hasta el último minuto). En mis tiempos mozos, el anime no era un fenómeno cultural de tan fácil acceso como lo es ahora mismo. Para muchos, la única opción de disfrutar de uno era verlo a través de la televisión.
Así pues, en España reinaban los clásicos: Caballeros del Zodiaco, Naruto, One Piece y por encima de todos ellos, La Bola de Drac. Por suerte o por desgracia, sólo fui capaz de sintonizar y ajustar mi ritmo de vida con este último, de manera que se podría decir que crecí mano a mano con Goku, Vegeta y amigos. De aquellos tiempos, una fantasía infantil muy habitual era la de tomar el rol de uno de estos personajes y pelear de forma ficticia (o no tan ficticia) con el grupo de amigos. Las semanas se pasaban volando y, más allá de intentar comprender las partes de una planta, nuestro espíritu científico se centraba en investigar si el ser humano era capaz de resistir una genki-dama (o un pelotazo en la cara, a modo de representación).
Ya en aquel momento, me preguntaba si habría otra forma de disfrutar de estos enfrentamientos, más realista y menos dolorosa. Si no me equivoco, en mis tiernos 11 años llegó a las tiendas Dragon Ball Z: Budokai Tenkaichi 3. No obstante, no teníamos muchas formas de enterarnos de todos los juegos que salían al mercado y tardé en descubrirlo por lo menos un año más, invocando mi mirada en la vitrina de un videoclub. Desde aquel momento, pasó a convertirse en un clásico, presente en muchos momentos de mi vida. Un clásico que, no obstante, nunca tuve en mi posesión. Siempre fue alquilado, en casa de algún amigo o en forma de montajes en YouTube.



Pero el tiempo pasa, los años pesan y los placeres que se dejan no regresan. Un día jugué, sin saberlo, mi última pachanga. En la versión de Wii, concretamente. Machacando los mandos en un frenético Magin Boo vs Gotenks. Ahí quedó la cosa y apenas toqué ningún otro juego de la saga en mucho tiempo. Por si os fallan las cuentas, Budokai Tenkaichi 3 salió en 2007, hace 17 años (me siento mayor escribiendo estas líneas). De aquellas a entonces, muchos perdimos la ilusión de una cuarta entrega, a base de esperar. Había otros juegos, sí, pero no eran lo mismo, carentes de ese “nosequé que sé yo”. Hasta que hace no tanto tiempo, a principios del año pasado, se anunció la llegada de Sparking Zero tras la final de Dragon Ball FighterZ y todo el mundo lo recibió como el que cobija a un viejo amigo, que vuelve tras un largo viaje. Así pues, la semana pasada, por fin, cogí el mando de mi ya no tan nueva PS5 y comencé la partida.
Lo primero que descubrí, fue que ya no soy el que era. Creo que de pequeño no tenía un conocimiento profundo del sistema de combate, pero además carecía respeto por la integridad de mi mando, con ello, era capaz de culminar grandes combos a base de apretar los botones más rápido que mi contrincante. En esta ocasión, entré directamente a la campaña de Goku y más pronto que tarde (en la primera batalla), observé el burlón cartel de derrota. Calma, me dije, vamos al tutorial. Una hora después, con algo de conocimiento dentro de esta cabeza, volví a jugar.  Avancé, sí, lo suficiente para pensar que había recuperado el toque. Pero después vino Vegeta Ozaru. No podía ser tan bonito. Era tarde, apagué la consola, derrotado, pensando en el poder destructor de ese macaco, casi tan desagradable como el tener que madrugar al día siguiente. No volví a encender la consola en dos días.
Pero puedo asegurar que esto que leéis no es una historia triste. Durante esos dos días mi entrenado algoritmo de TikTok sabía lo qué tenía que hacer y no dudó en mostrarme innumerables clips de distintas batallas y situaciones del juego. Una de ellas, de las más repetidas, eran las quejas de muchos jugadores enganchados en el mismo combate. Esto, por una parte, me permitió aliviar mi carga al saber que no era el único padeciendo una muerte tras otra, pero además me sirvió para confirmar como de dedicada es la comunidad del título. Las cajas de comentarios de estos vídeos estaban llenas de mensajes de ánimo o de estrategias para superar el combate. Así pues, volví a encender la consola y me dediqué a bajarle dos tonitos al mono a base de Kame Hame Ha. El combate acabó. Había vuelto.



A partir de ese momento, el camino se volvió muchísimo más bonito. Pude avanzar por el arco de Goku mientras seguía aprendiendo y mejorando mi forma de pelear y pelea tras pelea, crecía en mí una sonrisa traviesa. Ahora, puedo decir sin muchos miramientos que Dragon Ball Sparking! Zero es merecidamente el sucesor espiritual de Budokai Tenkaichi que todos habíamos estado esperando durante tanto tiempo. Es todo lo que antes fue, pero adaptado a estos nuevos tiempos modernos.
En primer lugar, su apartado visual consigue mantener un estilo nostálgico pero a la vez mucho más detallado. Pese a apostar por un estilo cartoon, consigue que los entornos y, sobre todo, los personajes, no se sientan fuera de lugar. Pese a que en el mundo del anime los renderizados en 3D no son muy aceptados, en el contexto videolúdico sientan de maravilla. El único pero que puedo poner, es la falta (de momento) de una mayor variedad de escenarios, sobre todo en el modo cooperativo local.



Jugablemente, encontramos un juego redondo. Pese a alejarse de sistemas más complejos, como los que encontramos en otros títulos del género, Sparking! Zero es más que un machaca botones. Esto es fácil de observar una vez centramos la mira en el sistema de guardias, parrys, percepciones y contrataques, que ofrecen mil y una maneras de darle la vuelta a la tortilla en situaciones donde parece que no podemos hacer nada más que mirar atónitos como nuestro personaje es vapuleado. Por poder, es posible contratacar a los contrataques, dando lugar a situaciones febriles donde los teletransportes y las esquivas se suceden una detrás de otra, hasta que finalmente uno de los dos jugadores falla y recibe la fuerza de un millón de golpes acumulados, con catastróficos (pero muy divertidos) resultados.
Por ello, no es difícil recomendar este título a todo aquel que quiera acercarse a Kakaroto y sus locas aventuras por primera vez, así como a todos los que en su momento disfrutamos de antiguas entregas de la saga y nos preguntábamos si algún día volveríamos a vivir lo mismo, o algo parecido. El momento es ahora, los mamporros han vuelto y planean quedarse mucho tiempo. Prepárate y carga tu ki, que es la hora de las tortas.

Nota: 7 esferas/7

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