Por Sofía Luna Roberts
Micaela es una cantante de ópera y actriz que nunca pudo entrar en la escena lírica de Buenos Aires. En clave documental decide hacer su propio proyecto personal bio-dramático, para contar su historia, su camino en el arte, ocupar espacios por sí misma y recibir ese aplauso que no pudo encontrar en el universo de la ópera. La consagración de nadie regresa por 8 únicas funciones antes de su gira por Europa. La temporada se llevará a cabo los días sábados y domingos, desde el 10 de mayo hasta el 1° de junio a las 20 h en el Espacio Infinito del Centro Cultural Borges (Viamonte 525, CABA).

La consagración de nadie es de esas obras que parecen estar construidas con una fibra invisible, como si se tejiera entre hilos de recuerdos, sueños frustrados y una voz que no se resigna al silencio. Micaela Fariña se impone en el espacio para contar(se), sin máscaras, sin pretensiones, sin vueltas, con una mezcla de vulnerabilidad y potencia que desarma. Lo interesante de la dirección de Gonzalo Quintana y la dramaturgia que ambos escriben (Fariña y Quintana) es que no intentan embellecer la herida: la muestran tal como es, con momentos de ternura, de humor y también de desgarro. No es un relato de triunfo, ni mucho menos, sino una especie de carta íntima al deseo de ser artista o, mejor dicho, al deseo de ser vista.
Desde que comienza la pieza teatral se siente que el cuerpo de Micaela es todo un archivo vivo. Su voz -que canta, recuerda, se quiebra- se convierte en el eje de una narrativa que mezcla la memoria emocional de la infancia, los mandatos familiares, su fascinación por la ópera, el teatro musical, los intentos fallidos de “llegar” y ese sentimiento que flota en muchos de nosotros: el de no estar a la altura de lo que se espera. Y sin embargo ahí está, parada frente a nosotros, habitando esa aparente “no consagración” como un acto profundamente político. Lo que conmueve no es sólo lo que dice, sino cómo lo dice: sin grandilocuencia, con mucha verdad.
La obra se construye desde una estética muy simple, artesanal, casi desnuda, pero todo está perfectamente medido. La puesta en escena evita los artificios innecesarios permitiendo que la historia y la interpretación sean el centro de atención. Hay proyecciones audiovisuales, fotografías, videos caseros, documentos, textos que aparecen en la pantalla como si alguien estuviera tipiando en vivo, pero todo está al servicio de una historia que es mucho más fuerte que cualquier recurso visual. Cada elemento parece surgir de la memoria misma de la actriz, como si estuviéramos dentro de su cabeza, escuchando sus pensamientos más secretos y sinceros. Hay algo generoso en su exposición, ya que uno se encuentra pensando en sus propios fracasos, en sus propias preguntas sin respuesta.
Es interesante cómo la obra trabaja con esa sensación de no encajar. Micaela habla de su educación, de sus maestros, de su familia, del canto como un lugar de exigencia y de deseo a la vez, y todo eso construye un mapa emocional que muchos podemos reconocer. No se victimiza, pero tampoco se vuelve épica. Más bien, habita una especie de hibridez: los que no llegaron a ser “alguien” según criterios del éxito, pero que igualmente encontraron una forma de sostener la chispa.
Después de ver la obra, recuerdo haber tenido una sensación extraña. No es una obra que cierre con una gran revelación ni con una resolución catártica. No hay tal liberación, ni aplausos internos, no hay victoria. Pero sí hay algo profundamente reparador: el haber escuchado una voz sincera, que no busca gustar, sino decir. Reconocer en la voz de Micaela algo de nuestras propias dudas, de nuestras propias heridas. Y también, reconocer la belleza de seguir intentando, de resistir desde un lugar silencioso, desde lo no legitimado. La obra no busca convencer, ni impresionar. Y es por eso que justamente conmueve. Porque lo que hace es abrir un espacio donde el fracaso deja de ser una vergüenza y se vuelve una forma de estar en el mundo, honesta, frágil y luminosa. La consagración de nadie no necesita consagrarse porque, en el fondo, ya lo hace con cada espectador que se atreve a mirar desde ese lugar compartido de las vidas no épicas, pero profundamente verdaderas.