Antes del clásico navideño del Teatro Colón, El Cascanueces —inolvidable ballet de Piotr Ilich Chaikovski, cuyo estreno será el próximo 12 de diciembre—, el público porteño tuvo el privilegio de disfrutar una joya del repertorio mundial: Onegin, la versión en ballet de la novela homónima de Aleksandr Pushkin.

Creado por John Cranko para el Ballet de Stuttgart, Onegin se estrenó el 13 de abril de 1965 en el Staatstheater de Stuttgart, y desde entonces se ha consagrado como una de las obras más refinadas del ballet narrativo del siglo XX. En esta oportunidad, la producción del Colón ofreció una experiencia deslumbrante y opulenta, con una dirección musical a cargo de Ermanno Florio, quien condujo con delicadeza las melodías de Chaikovski —tomadas de sus composiciones menos conocidas— y supo envolver al público con la elegancia del ballet ruso bajo un punto de vista alemán.
La recomposición coreográfica de Agneta Valcu y Victor Valcu conservó la intensidad dramática de la obra original, donde las pasiones desbordadas, los amores imposibles y las obsesiones fatales de los personajes de Pushkin se traducen en cada gesto y movimiento. Los bailarines, mediante la pantomima y la expresión corporal, interpretaron con profundidad el tormento interior de sus protagonistas.
Oneguin fue interpretado por Ciro Mansilla, Juan Pablo Ledo, Federico Fernández y el bailarín austríaco Jakob Feyferlik, mientras que Tatiana cobró vida en los cuerpos de Marianela Núñez, Ayelén Sánchez, Camila Bocca y Natalia Pelayo.
Además del elenco impecable, la escenografía de Pier Luigi Samaritani dejó sin aliento: los suspiros del público se oyeron en cada entreacto ante los detalles minuciosos de los interiores palaciegos, los colores profundos —entre blancos, vinotintos y negros— y los suntuosos jardines que evocan la Rusia zarista. Cada lámpara, espejo y mueble fue ejecutado con una precisión casi artesanal.
El vestuario de Roberta Guidi Di Bagno completó la atmósfera majestuosa: los vestidos de la burguesía imperial rusa, las delicadas faldas en tonos naranjas, blancos y magentas, los sobrios smokings y los elegantes sombreros merecen mención aparte.
Onegin se presentó durante la primera quincena de octubre en el Teatro Colón y fue, sin duda, una de las puestas de ballet más destacadas del año. Desde el primer instante —cuando se abre el reloj y comienza la trama de amores frustrados, celos y orgullo—, el espectáculo deslumbra y confirma que el Colón atraviesa un momento de esplendor bajo la dirección de Julio Bocca, especialmente en el terreno del ballet.
Esperamos que Onegin regrese pronto a la cartelera: el público porteño merece volver a presenciar una obra de tal calidad y belleza.
Escribió Sebastian Arismendi para la La Butaca Web.














