¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para hablar con nuestros muertos? Una niña atraviesa el duelo por la pérdida de su padre y se embarca en una aventura donde puede sanar tanto a los vivos como a los muertos de su pueblo. Infancia, duelo, memoria y reconstrucción son verdades que resuenan en esta película que encuadra la majestuosa inmensidad patagónica.
Juan Cabral, reconocido mundialmente en el ámbito de la publicidad y el videoclip, consolida su visión como autor cinematográfico en su segundo largometraje. Luego de su ópera prima Two/One (2020), hace su debut en en el cine nacional con Risa y la cabina del viento, aportando ideas frescas, un guion emotivo y una pulcra destreza estética. Un relato definido por él mismo y por Julieta Cazzuchelli (Cazzu) como un «animé patagónico». Cabral asume el riesgo de explorar el género fantástico desde una perspectiva infantil y sale muy bien parado con este nuevo coming of age argentino que llega a las salas tras recibir los premios a Mejor Película y Mejor Dirección en el 40° Festival de Mar del Plata.
La trama nos traslada a Ushuaia, el fin del mundo. En la provincia patagónica de Tierra del Fuego, Risa (una magnética Elena Romero en su primer protagónico), una niña de 10 años, lidia con la muerte de su padre, al que nunca conoció debido a un trágico incendio que dejó en ruinas la ciudad y a la comunidad de luto. Caminando hacia la escuela junto a su madre, Sara (Cazzu), descubre una cabina telefónica abandonada. Aunque el teléfono público no funciona, los vecinos del pueblo hacen fila para usarlo, ya sea como descargo de la tragedia o como un portal para comunicarse con las víctimas de la catástrofe. Sara le prohíbe acercarse y le pide no obsesionarse con su difunto padre, pero la niña no puede evitarlo y, tras oír el insistente ring de la cabina, atiende el teléfono. Las almas en pena le piden favores y ella se dispone a resolver los asuntos pendientes de cada uno de los muertos a cambio de su mayor anhelo: hablar con su papá.
Elena Romero lleva adelante la película con mucha altura en cada escena, pero no lo hace sola: Cabral rodea a la protagonista con un elenco coral de peso, integrado por Diego Peretti, Joaquín Furriel, el debut de Cazzu, Gustavo Garzón, Silvina Sabater, Fabián Casas y el joven Manuel Da Silva. Incluso brilla Kuro, un ratoncito adorable que funciona como alivio cómico, aunque tal vez acapare más planos de los necesarios.
En cuanto a la realización, el film es impecable en cada área, destacando principalmente por una dirección de fotografía y sonido de excelencia, sumado a que Babasónicos musicaliza con varias canciones en diversas versiones. El reparto se luce, en especial Diego Peretti dando en la tecla al interpretar a un vecino deprimido y alcohólico al que le encargan ser el niñero de Risa. Al generar un vínculo con la niña, se convierte en partes iguales en su acompañante, maestro y alumno. Todo fluye, salvo el montaje que por momentos se siente acelerado, con cortes que apresuran los planos y se evidencian estar ahí para avanzar rápido hacia las secuencias mejor consolidadas.
Divertida, muy emocionante y catártica. Una obra que llega a fibras íntimas, a esos dolores que no se quieren charlar. Un relato transversal para todo tipo de espectadores, desde niños hasta adultos mayores. Risa celebra el milagro de las conexiones humanas y el arte. Ayudar a sanar y sanar en el camino. Risa y la cabina del viento es cine argentino que se atreve a soñar en grande, haciéndose cargo de la emoción y la experiencia del espectador. Indudablemente, es una historia para ir a ver en una sala, a oscuras, con desconocidos, y dejarse llevar. ¡Al cine!
Calificación: 8/10
Por Julián Lloves para La Butaca Web.