Análisis: Slipstream para Nintendo Switch

Por Alejandro Corell


“Un coche, una carretera en la costa, no hace falta nada más. Ah si, buena música.”
Uno de mis primeros acercamientos al mundo de los videojuegos fue a través de los títulos para móviles de principio de los 2000. El resto del medio estaba ya muy avanzado, pero la palabra smartphone todavía quedaba bastante lejos. En un momento en el que lo mejor en el entorno de las comunicaciones sin cables era tener un Nokia para chulear de lo resistente que era, los juegos diseñados para estos dispositivos tenían que enfrentarse a sistemas con muy bajos recursos.
Los juegos de carreras cogieron mucha fuerza en este entorno, utilizando tecnologías diseñadas para emular cambios rápidos de imagen para trasmitir velocidad ya empleados dos décadas atrás en las máquinas recreativas. Cuando me dispuse a disfrutar por primera vez de la versión para móviles de Aspalt Urban GT, no estaba viendo sino la misma técnica que tiempo atrás revolucionó el medio, el Super Scaler, motor utilizado en OutRun entre otros títulos. Esa sensación de fluidez que marcó a tantas generaciones es ahora reimaginada en Slipstream, primer título de ansdor, que traslada la estética y jugabilidad de este tipo de juegos a dispositivos actuales.



En Slipstream lo único que importa es conducir. Podemos olvidarnos de grandes historias que justifiquen el por qué de nuestra vida o grandes conclusiones. Nosotros, un buen coche y un paisaje paradisiaco es todo lo que necesitamos, y más todavía cuando el plan se presenta con un estilo gráfico tan particular. Y es que el desarrollador utiliza sprites y modelos en 3d para dotar al ambiente de una estética clásica, pero sin castigar la fluidez de los diseños actuales. Atravesar la carretera a toda velocidad se siente genial independientemente del modo que elijamos, desde carreras clásicas en las que atravesaremos cinco escenarios entre los que podremos elegir hacia cual desviarnos, hasta un modo Battle Royale en el que eliminar a nuestros contrincantes.


Para que el encanto tenga efecto, es fundamental pasar por una música que atrape la misma esencia, y es lo que encontramos en las pistas del juego, que mezclan Synthwave y el Vaporwave de forma magistral. Pulsar el acelerador al ritmo de la soundtrack del juego es un placer como pocos, y la fantasía de cualquier adolescente en los 80.
El sistema de conducción consigue lo que se propone: encontrar el equilibrio entre dificultad y precisión manteniéndose lo más simple posible. Solo podremos acelerar y girar, teniendo que derrapar para tomar las curvas más cerradas y ganar velocidad. Además, si nos ponemos detrás de los coches de los oponentes podremos aprovechar su rebufo para aumentar nuestra celeridad, siempre con cuidado de no embestir al conductor de delante. Aunque bueno, hay margen de error ya que tendremos la opción de rebobinar hasta 5 segundos en el tiempo si nos chocamos.



No hay grandes pretensiones en el título, tan sólo ofrecer un lugar tranquilo al que acudir cuando queramos quemar rueda, y desconectar del mundo real que es algo más complicado. Con un precio reducido como es el de Slipstream, la compra no debería ser un error para el que sepa que va a recibir.


Calificación: 7,5/10.

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