Crítica: El Hijo

Por Bruno Glas

Ruidos en la puerta de al lado

Pocas cosas deben haber más perturbadoras que la capacidad de notar a nuestro alrededor algo que escapa al normal orden de lo cotidiano, pero que resulta natural a los ojos del resto. El cine de terror y el thriller psicológico han sabido explotar las posibilidades que ofrece este punto de partida. El hijo, basada en un cuento del autor de Crímenes imperceptibles, Guillermo Martínez, se enmarca en esta propuesta. Pero su giro más interesante tiene que ver con la exploración que hace del universo de Lorenzo (Joaquín Furriel).

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Durante gran parte de su metraje, El hijoparece jugar con la posibilidad de mostrar el universo de Lorenzo virando hacia la locura, con la consecuente disolución de realidad y estructura mental. Algo de esto se ve al comienzo, con la yuxtaposición de dos temporalidades narrativas que de a poco nos sitúan en lo que será el nudo del filme. El montaje intercala un primer momento de la vida acomodada del protagonista, un pintor que espera un niño junto a su reciente esposa, con una suerte de flashforward que lo muestra enfrentando una situación judicial, por algo que aún no queda del todo claro. Pero lo interesante es cómo la oscuridad que envuelve a Lorenzo no es nunca resultado de una posible demencia, sino que es escenificada desde el exterior. No hay un solo elemento sobrenatural o ajeno a lo real que nos de una pista sobre el universo mental del personaje, sino que este universo aparece como siempre ajeno a la realidad en la que se mueven los personajes. A través de ello Schindel mantiene la tensión durante todo el desarrollo. Las fallas que pueden achacarse tienen que ver con los momentos en que el director parece querer utilizar lo simbólico como un posible pasaje al fantástico; de allí que la figura de Goya y los espirales que aparecen sean poco más que un subrayado innecesario. Lo mismo pasa con las explicaciones médicas sobre la condición del protagonista, que refuerzan demasiado la idea de su locura.
A pesar de dejar de lado el aspecto fantástico, como un camino posible que la trama podría haber seguido (de allí que ese juego con la realidad y la fantasía sea un amague), ello no implica que lo perturbador quede desplazado. Por el contrario, se lo asocia con la condición de extranjería, encarnado en la siniestra suegra de Lorenzo, que en toda la película sólo habla en noruego (y sin subtítulos, un gran acierto porque, claro, no los necesita). En el personaje de Gudrun que interpreta Regina Lamm es donde anida el misterio que atraviesa toda la película, y que con inteligencia queda siempre fuera de campo. Aunque no sepamos de qué se trata, sugiere la idea de que el horror puede venir de afuera, pero también ser parte de nuestro círculo íntimo más cercano. El final, cuando todo parece haber encontrado solución, vuelve a confirmar esta idea. Nuestros peores temores están en la puerta de al lado. Y nosotros apenas nos dimos por enterados…

Calificación: 7/10

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