Crítica: Fatherland

Volver a casa, pero a una casa que ya no existe; a una tierra saqueada y rematada de a partes para unos antipáticos compradores de un lado y del otro.

Paweł Pawlikowski, el elegante y aclamado director de Ida (2013) y Cold War (2018), continúa su -ahora- trilogía de la posguerra europea con Fatherland, un relato que sigue al escritor alemán y Premio Nobel de Literatura, Thomas Mann (Hanns Zischler), y a su hija Erika (la siempre implacable Sandra Hüller). Es una película de 82 minutos que le imprime a cada plano su propio ritmo y profundidad. Donde todo es el peso de una raíz heredada, la cáscara de un recuerdo del que es mejor no hablar.

El film abre con una llamada telefónica entre los hijos de Thomas: Erika y Klaus (August Diehl, quien sostiene toda la escena en plano). Los hermanos, unidos a la distancia, se comunican todo aquello que no podrían decirse en persona por ser dignos hijos de su padre. Erika le cuenta que acompañará a Thomas en un viaje por Alemania tras largos años de exilio por la guerra. Durante esta travesía, Erika es hija, pero sobre todo es su asistente personal en todo sentido: chofer, traductora, guionista de sus discursos e incluso quien lo afeita previo a las ceremonias que lo homenajean.

Erika espera un gesto de humanidad en su padre y a la vez la llegada de Klaus, quien le prometió no dejarla sola en este tedioso viaje. Estas esperas rompen la pulcra integridad de la protagonista cuando llegan las peores noticias: su hermano Klaus, que luchaba con adicciones, fue hallado sin vida por una sobredosis. Thomas resuelve la muerte de su propio hijo como si fuera un trámite más. Alguien más reconocerá el cuerpo y lo trasladará para un velatorio íntimo en los próximos días, mientras él se preocupa por que el escándalo no llegue a la prensa y le arruine su agenda política. El supuesto deber por su patria está por encima de la pérdida familiar, algo que hace estallar el temperamento de Erika en privado, aunque en público deba seguir sosteniendo la frialdad que su padre y los tiempos que corren le exigen.

Fatherland es una película muy inteligente en su disposición de recursos. La excelente puesta en escena de Pawlikowski, que le valió el premio a Mejor Dirección en Cannes 2026, utiliza nuevamente el formato 4:3 para asfixiar a sus personajes. A esto se suman las cerradas pero contundentes interpretaciones de todo su elenco y una excelsa fotografía en blanco y negro a cargo del cuidadoso Łukasz Żal.

Thomas es homenajeado tanto en Alemania Occidental como en la Oriental, y ambos lados formulan toscamente sus tácticas de adulación para que el escritor tome posición y sea un jugador clave en el nuevo mundo que cada sistema planean implementar. Todo esto ocurre frente a la mirada de Erika, quien busca inútilmente gestos terrenales en las grandilocuentes palabras de su padre. La muerte de Klaus es una ausencia que subyace en todo momento y funciona como el contrapunto necesario para contrastar la fortaleza intelectual montada sobre la persona de Thomas; una fortaleza que responde a su deber pero que tiene la justa sensibilidad de poder romperse al recordar sus raíces.

Una familia rota en un país corrompido y despojado. Ambos conflictos buscan su sanar, su deber y su futuro en un presente herido que pretende mostrar algo que no es. Pawlikowski busca quebrar esa cáscara frágil que oculta lo verdaderamente importante. Por eso su final es un alivio y un acierto: solo lo trascendente, eso que no nos pertenece y de lo que no podemos adueñarnos, será lo que nos permita conectar con nuestra propia humanidad para, finalmente, reconstruirnos. ¡Al cine!

Calificación: 7.5/10
Por Julián Lloves para La Butaca Web.

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