Crítica: Happy Hour

Por Gonzalo Borzino

Luego de enviar a su hijo a vacacionar con sus abuelos, una pareja descubre el vacio que puede llegar a acontecer cuando dos desconocidos se dejan en soledad. Horacio (Pablo Echarri) es un profesor de literatura, quien una noche atropella accidentalmente a un famoso criminal de Rio y, en consecuencia, se convierte en figura pública. En paralelo, su esposa Vera (Leticia Sabatella) es lanzada como candidata a alcaldesa y su coalición política intenta utilizar a su marido como figura publicitaria, pero este tiene otras cuestiones en mente: nadando a través de su irrealidad, desarrolla el anhelo de estar con otras mujeres. La tensión en la pareja  se volverá insoportable mientras él lucha por imponer su deseo y ella por las apariencias.

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Estrenándose como director de cine, el documentalista Eduardo Albergaria (Arquitetos do Poder) propone esta comedia co-producida por Brasil y Argentina, que utiliza la malinterpretación para jugar con la realidad e hiperbolizarla. Es de un ritmo tranquilo y en cuestiones genéricas no resulta demasiado refinada, dejando la comedia en manos de las ocasionales y esporádicas intervenciones de Ricardo (Luciano Cáceres), un argentino que comienza a tener más y más presencia en la vida de Horacio. A su vez, se consigue a un Echarri doliente, viéndosele sufriendo en varias oportunidades, tendiendo levemente hacia algo dramático, o por lo menos, de tinte serio.

A lo largo del film se dejan entrever los tejidos similares que subyacen la construcción de un matrimonio y una coalición política. Se juega en numerosos momentos con la idea de perspectiva y construcción ideal del individuo: A Horacio lo pintan como héroe, a pesar de su accionar accidental, a Vera la juntan con un colega más conservador y la fuerzan a mantener su matrimonio a pesar de su incomodidad por las propuestas del marido. Todo alimentado por una interesante metáfora colocada en, nada más y nada menos, un par de anteojos sobre los ojos de alguien que no los necesita. La película propone hablar de los tamices de la verdad, de los espejismos dentro de los juegos de la apariencia y de cómo consumimos imágenes artificiales estratégicamente diseñadas para “comernos el verso”. Definido en palabras del jefe de campaña de Vera “No importa si ves o no, importa cómo te hagas ver y oír“.

Siendo demasiado directa en detalles, como la implementación de música con tonalidades siniestras cada vez que aparece el asesor de imagen, pintándolo como el orquestador de un mal mayor, la película no logra arribar a un desglose satisfactorio de su temática. Todos los hilos de los que se podrían tirar quedan flojos y no se realiza un dialogo profundo sobre ninguna de las cuestiones que propone, dando la sensación que todo lo planteado fue casualidad o, peor aún, el verdadero artificio que ocultaba una película superficial y carente de razón. Es, si se quiere, una introducción a la reflexión; una invitación a la búsqueda de la verdad, reclamando las consecuencias. De verla pasarán, cuanto mucho, una hora feliz.

 

Puntaje: 6.5/10.0

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