Crítica: Dementia en el Teatro Colón

La literatura de Ariana Harwicz es disruptiva. Los temas a los que recurre son escabrosos y eso le ha permitido ganar notoriedad al alejarse de lo clásico y esperable dentro de la literatura escrita por mujeres. La escritora porteña explora la psiquis de sus personajes a través de monólogos internos donde el caos existe tanto adentro como afuera.

Su primera novela, Mátate, amor, fue adaptada al cine el año pasado por Lynne Ramsay, una directora que también transita territorios oscuros y poco convencionales. Por eso, una ópera argentina escrita por Harwicz parecía una propuesta arriesgada, pero el Teatro Colón la hizo posible. El pasado martes estrenó Dementia, con libreto e idea original de Harwicz y música de Oscar Strasnoy.

Dementia cuenta la historia de una pareja en tres etapas diferentes de sus vidas, cuyos dobles confluyen a través del tiempo. Ambientada en una casa de campo frecuentada por doppelgängers o alucinaciones de la protagonista, la obra nos introduce en la mente caótica de una escritora sometida a presión, mientras una presencia misteriosa manipula los acontecimientos desde la casa vecina.

Lo primero que impresiona al abrirse el telón es la ambiciosa escenografía mecánica de Mariana Tirantte. La artista construye un escenario giratorio de 360 grados que modifica sutilmente los espacios a medida que rota, alterando constantemente nuestra percepción. Los detalles son minuciosos: vemos el interior de una casa europea en las montañas, su fachada, el jardín y el sótano, todo coexistiendo en una misma estructura.

Los intérpretes permanecen expuestos en escena mientras la sensación de inestabilidad se intensifica gracias a la música de Oscar Strasnoy y la dirección de Tito Ceccherini. Juntos crean una composición electro-sinfónica oscura donde las cuerdas tensan los nervios del espectador.

Dementia no es una ópera tradicional. No hay arias reconocibles ni momentos de lirismo convencional; existe, en cambio, un libreto completamente cantado y escrito en lunfardo. Se trata además de la primera ópera argentina interpretada íntegramente en porteño. Los cantantes encarnan al mismo personaje en distintas etapas de la vida, cada una separada por veinticinco años.

Dementia no es una ópera para todos. De algún modo, también es una anti-ópera. Su objetivo no es transmitir belleza o elegancia, sino provocar angustia, paranoia y confusión, emociones poco habituales dentro de la tradición operística. Esto la hace única y a su vez, compleja de aceptar.

Escribió Sebastián Arismendi para La Butaca Web.

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