Crítica de cine:Vox Lux

Por Bruno Glas 
Po(o)p goes the world

Dentro del cine (norte)americano, la búsqueda del éxito parece ser uno de los temas recurrentes, más aún siendo un valor absoluto a nivel social. Especialmente en las películas biográficas, donde el recorrido del personaje sigue el tan bien conocido esquema narrativo de ascenso-fama-caída.

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En “Vox Lux”, Brady Corbet cuenta la historia de una cantante de pop a la que vemos en dos períodos bien diferenciados. Primero en sus inicios, como una adolescente; luego ya como una mujer exitosa y con una hija, pero con una vida privada en crisis y envuelta en escándalos que afectan su imagen pública. Es interesante el punto de partida: se trata de un retrato realista, que sigue a su protagonista con una enorme precisión a cada momento, pero con las licencias que el director puede tomarse tratándose de un personaje ficcional. Es así: Celeste Montgomery (Raffey Cassidy, de niña, y Natalie Portman, adulta) nunca existió por fuera de la pantalla.

El inicio de la película, con su tono seco y oscuro, que adelanta la tragedia que estará por tener lugar, sitúa muy bien la estética realista que predominará durante la mayor parte de la historia. Este realismo tiene su correlato en la forma en que se retrata el estrellato y el negocio de la música pop: lejos del cliché romántico del artista enamorado de su labor, para la Celeste adulta la fama y el éxito son una maldición en su vida. A esto también contribuye el autoritario manager que interpreta Jude Law. Y acá es donde empiezan los problemas. Es que Corbet quiere insistir tanto con el drama de su personaje que elige representarlo en la forma de diálogos altisonantes, con una Natalie Portman por momentos sobreactuada. Ahí es donde el director se muestra incapaz de convertir esa furia en otra cosa que no sea el discurso explícito y machacón. Algo similar sucede con la voz en off que puntúa los hechos, la mayor parte del metraje demasiado solemne y sentenciosa (una lástima, sabiendo que la gola la aporta Willem Dafoe).

Sin embargo, cerca del final de la película ocurre algo sorpresivo. Se trata del momento en que Celeste, luego de un instante de angustia, sale al escenario a dar un show para un público enorme. Celeste repta por el escenario, moviéndose con gracia, enfundada en un traje negro, con brillantina iluminando su cara; la pantalla que la acompaña (y también, por añadido, la nuestra) se inunda de colores vivos, la música pop suena bien alto. Es en ese momento cuando la película adquiere una inusitada libertad que la hace respirar un poco más, dándole aire a una estética sofisticada y virtuosa, pero también algo asfixiante.

Calificación 6/10

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