Crítica: High Life

Alejados de todo terreno conocido, una tripulación de convictos viajan hacia un agujero negro con la promesa de reducir sus condenas. Al menos, esa era la idea original. Años más tarde Monte (Robert Pattinson), el último sobreviviente de la tripulación original, debe subsistir mientras cuida de una bebe; fruto de los experimentos que la siniestra doctora Dibs (Juliette Binoche) realizaba a los viajeros. A su alrededor, el vacio del espacio que se cierra alrededor de su nave, en el interior, los cadáveres de sus compañeros.


Dirigiendo por primera vez un largometraje en ingles, la francesa Claire Denis (Un sol interior, Chocolat) se adentra en la ciencia ficción espacial, representando una visión cruda de la sexualidad en un entorno hostil. Mezcolanza de pequeños fragmentos desconectados , el film se siente un reflejo borroso de 2001: odisea en el espacio(1968), con los elementos de la supervivencia adversa y solitaria de Misión rescate(The Martian, 2015). Para la directora, es un film de sensibilidad, confianza y sexualidad, representada en su fuerte enfoque de fluidos, los cuales abundan en cantidades que delimitan con lo innecesario. Los sentimientos de los personajes son el centro de atención, y su desesperanza, tristeza y realización ante la muerte perpetua del espacio son los guías de una trama lenta y diluida entre susurros de pasillos espaciales poco inspirados.
El trabajo actoral realizado por Pattinson (Life: la vida de James Dean, Damsel) y Binoche (Ghost in the Shell, Godzilla) resulta uno de los puntos más destacables de la película. Por un lado, el silencio y los momentos de introspección del condenado que debe hablarse a sí mismo para no enloquecer en el vacio espacial, por el otro los encuentros de un ente calculador, reflejo de la Medea de Eurípides, contra alguien que se resiste a colaborar y a aceptar un destino en caída libre hacia el vacio.
Con escenarios carentes de personalidad (a excepción, quizás, de la huerta que la directora dijo haberse inspirado en espacios de Solaris (1972), de Tarkovsky), la película pierde en terreno visual. Ni siquiera el fuckroom (habitación para el placer) plantea un peso relevante en lo estético, cambiando el enfoque a los fluidos que acarrean los simbolismos de las temáticas centrales. Esta decisión podría resultar positiva para la subversión del genero, que suele volverse demasiado dependiente de las estéticas y tecnologías inventadas, perdiendo el valor humano entre tanta maquinaria. De esta forma, los sentimientos afloran, las miradas se endurecen, los tripulantes mueren y, tras los créditos, el espectador puede pasar a una vida mas elevada.

Puntuación: 8.0/ 10.0

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