Crítica: Matar a un muerto

Por Tomás Manzo

No oyes ladrar a los perros

“El placer físico de hacer cine¨ decía Godard entre uno de sus tantos aforismos. El caso es que la última obra del cineasta paraguayo Hugo Giménez pregona el ¨deleite¨ en un contexto absolutamente adverso: la historia de dos hombres (Ever Enciso y Aníbal Ortiz) encargados de enterrar a las víctimas de la dictadura militar de Stroessner.

En el relieve de este sencillo argumento se avizoran duelos, silencios, miradas sostenidas y tiempos muertos que vuelven insoportable la ¨estancia¨. Parte de este mérito claustrofóbico se debe a la abrumadora dominación del espacio: la naturaleza se torna invasiva en cada momento. Este paisaje que doblega el cuerpo, remite a Lucrecia Martel con sus climas contenidos en dónde todo parece a punto de estallar. Y este no es el único punto de contacto que tiene con la realizadora salteña, ya que el lenguaje se mimetiza con el ambiente y las cosas. Y las cosas hasta se pueden oler y palpar.

Aun así, no es una película que se estanque solo en la portentosa puesta en escena, ya que son tres los personajes que caminan sobre el suelo cerril.
Su presencia es ambigua, particularmente porque la abyección de su oficio no determina la ética de los mismos. Esa indiferencia aparente con su trabajo (la cual parece a veces ceder con los cadáveres) organiza un complejo mecanismo de identificación, que se vuelve emotivamente oscuro en el vínculo que establecen con el personaje de Jorge Román.

Primero girando en torno a zonas de lo fantástico y luego hacia un suspenso minimalista, sutilmente se van inoculando géneros. Sin embargo, esta sutileza no está expresada en el aparato discursivo. A lo largo se nombra la presencia de un perro salvaje que desentierra cuerpos, pero este animal no aparece nunca en escena. Solo se escuchan sus ruidos y percibimos que está escondido.
El otro animal oculto en la película es el gobierno militar. Aquí Giménez recurre alegorías subrayadas (la trasmisión de radio en off mientras vemos uno de los cuerpos en descomposición), el goce no concretado de la vida militar o el mundial del 78 dando un contrapeso evidente de sosiego y frivolidad en una historia completamente cruenta. El relato en sí y la densidad de su mundo es un cuadro de reflexión crítica suficiente sobre ese momento. Por eso resulta abundante la aparición del fuera de cuadro.

De todas formas, esa nimiedad no genera ningún desmedro para la obra de Hugo Giménez. Sus dos cortometrajes (¨Sin felicidad¨ y ¨Las imágenes también mueren¨) y el extraordinario documental “Fuera de campo” construyen un imaginario audiovisual paraguayo (en los tres casos con la masacre de Curuguaty como contexto) a partir de la propia entidad de la imagen. Su última obra supone la consolidación de un autor que encuentra sus obsesiones en la propia identidad histórica y social de su pueblo.

“Matar a un muerto” transmite el ¨placer físico¨ en cada órgano del inmenso cuerpo del monte: el viento, la lluvia y el fuego no son “gritos” románticos como en Nazareno Cruz (como bien alude el subtítulo de la película de Favio), sino ladridos de un sistema que ha sometido durante décadas a todo el territorio latino.

Calificación 9/10

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