Crítica: La Flor

Por Bruno Glas

Historia(s) del cine

“El cine siente hoy hambre de dignidad. Las más delicadas ideas, las más osadas, las más locas quimeras, los más violentos problemas deben trasladarse a la pantalla como al teatro y al libro”

Horacio Quiroga, 28 de febrero de 1920

“La Flor” es una película que tiene una duración de 14 horas (808 minutos), dividida en varias partes, y rodada a lo largo de 10 años. Con todo esto, se trata del filme más largo de la historia del cine argentino, y por eso mismo, de un acontecimiento histórico dentro de la cinematografía de nuestro país. Pese a su carácter de evento, hasta ahora sólo se había exhibido en la Sala Lugones del San Martín, y antes en el Bafici 2018, sin tener un estreno comercial. La buena noticia es que en tiempos de aislamiento por coronavirus, la enorme (en todo sentido) película de Llinás puede ahora verse online a través de la página https://www.wearekabinett.com/ .

Dividida en seis episodios, el filme abre con Llinás sentado en una mesa y explicando su estructura. Nos dice que cada episodio pertenece a un género diferente, que cuatro episodios comienzan pero quedan sin terminar, y que el último empieza por la mitad. Finalmente, que en todos los episodios aparecen las mismas cuatro actrices (el grupo Piel de Lava). Y que la película es sobre ellas, y para ellas. Es un comienzo donde el director da cuenta del artificio, de la construcción que subyace a la película antes de que la veamos. Resulta bastante curioso, porque si algo hace “La Flor” es enmarcar cada episodio en un género popular ya conocido (el terror, el musical, el thriller, el cine de espías). Toda una declaración de principios. Pero que también habla de la experiencia del mismo Llinás a lo largo de los 10 años de rodaje, reconociendo en un gesto emotivo que el resultado es menos un trabajo personal, que uno dirigido al grupo de actrices con las que rodó y con las que tuvo que convivir.

Hay otro elemento llamativo en esta escena: la voz en off. Si bien vemos al realizador, él no está nunca hablando a cámara, sino que sólo lo escuchamos de fondo. Esto ya sucedía en “Historias extraordinarias”. Allí se contaban tres historias distintas, que al igual que en este caso nunca se cruzaban, y que tenían en común el uso de la voz en off. Es un procedimiento que en aquella película resaltaba el carácter autoconciente de la narración, y que también está presente más de una vez en esta película. La voz en off puede aparecer para narrar la vida personal de las espías en el tercer episodio, para seguir la experiencia de un director de cine en pleno rodaje en el cuarto, o para contar la teoría de un investigador (de nombre “Gato”) acerca de la desaparición de varios personajes. Lo curioso es que la voz no resulta molesta ni innecesaria. Por el contrario, es lo que guía la mayor parte de estos relatos, presentando la experiencia de cada uno de los protagonistas, contando más de una vez hechos que no podrían mostrarse. Es un recurso que asimila esta película a una gran novela. Y resulta muy importante en “La Flor”, porque si hay algo que atraviesa todo el filme es la aparición de diversas narraciones dentro de cada capítulo: la historia de amor narrada en pretérito en el episodio musical, y la subtrama de misterio con el veneno de los escorpiones; los flashbacks que revelan el pasado de las espías; el diario del director para contar su intrincada narrativa en el quinto episodio; la historia de Casanova, y las referencias a múltiples novelas a las que Gato refiere en la investigación que lleva a cabo; la reversión de Une partie de campagne, película francesa a su vez basada un relato de Guy de Maupassant; y el diario íntimo de una cautiva en el desierto, que organiza el relato en el sexto episodio.

Hay un momento que habla a las claras de la afición de la película y de Llinás por la literatura. Tiene lugar en el episodio de las espías. Allí vemos cómo una de ellas se niega a seguir la orden de ejecución que le dicta su superior, un personaje a todas luces autoritario y violento. La espía en cuestión dice que no va a consentir el delito de que se mate a una valiente. Es una línea de diálogo que Llinás saca directamente de “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, de Borges. En aquel cuento, Borges narraba la historia del sargento Cruz, como una suerte de interpretación propia del “Martín Fierro”. Es decir que tomaba la obra más célebre y canonizada de la literatura argentina, para apropiársela y hacer una relectura. En cierta medida, esto mismo ocurre en “La Flor”: su director toma los moldes de ciertos géneros ya existentes y fácilmente identificables, para darles una vuelta personal y crear con ellos algo nuevo a partir de la conciencia de su origen (o sea, algo original).

Y es así que “La Flor” termina por ser, entonces, no sólo una película fuertemente narrativa, sino una sobre los mecanismos y la proliferación de las narraciones. Todo ello a lo largo de catorce horas que celebran la posibilidad de crear mundos propios a través de la ficción, empujando los límites del cine hasta el infinito. Y más allá.

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