Reseña: Las Oceánicas

Por Eloy Rossen

Nuestras alfonsinas


En la sala del Morán, Delfina Colombo, Stephanie Troiano y Fabián Carrasco interpretan una pieza que transcurre a orillas del Mar del Plata, en una madrugada que mezcla la poesía con el deseo, la amistad con el amor y el amor con lo efímero de crecer.


La dramaturgia de Lucila Rubinstein reúne en el mismo escenario el fundamentalismo marxista, la prosa de Pizarnik y Storni y la estética emo para contar la historia de dos amigas porteñas que viajan a Mar del Plata porque fueron seleccionadas para un convenio de poesía. En la dimensión de ese cuarto de hotel que da al mar, Milne y Muriel juegan con las palabras y la rima para tensar todavía más ese deseo implícito entre ellas, que viene a ser interv enido por un joven empleado del hotel al que lo invitan a pasar la noche. Entre lírica y humor, “Las oceánicas” hace de este mundo catastrófico, una estrofa sincera.
La obra alude sin dudas al universo poético de Alfonsina Storni, propiamente feminista, desagradada por los hombres e internada en la melancolía constante. Las aguas de Mar del Plata parecen traer su voz al cuerpo de las jóvenes, que la reinventan dentro de las reglas e impedimentos propios de nuestra época. El olor del océano y el ritmo de las olas está presente en todo momento, desde las preguntas existenciales que Milne y Muriel se hacen hasta los bailes seductores que tienen con el joven empleado. Los eventos de esa madrugada se vuelven disparatados y filosos: un hotel donde se extravían los zapatos, un baño roto que pierda agua a cántaros, un empleado de hotel que miente sobre ser surfer. En ese ambiente tan extravagante, existe, también, un roce que se entiende como gozoso, dentro de la amistad entre las escritoras. Tal como los versos de Alejandra Pizarnik dedicados a mujeres, las adolescentes se ven obligadas a invitar a un hombre a su cuarto para poder expresarse todo lo que las palabras no llegan a significar. Entre los juegos de palabras y mensajes ocultos, por más de que alguna de las amigas salga de escena, el joven empleado se reduce a un segundo lugar, mientras la trama induce que más que amigas, ellas se saben cómplices de la otra. En una alusión a nuestras grandes poetas nacionales, “Las oceánicas” se presenta como una tierna oda a la poesía como posibilidad de otro mundo, como refugio contra los cambios del crecer, como balsa entre el devenir de las olas.


La puesta de Manuela Méndez refleja claramente la propuesta en cuanto al uso del lenguaje y de las palabras. A medida que transcurre la obra, los elementos van construyendo imágenes absurdas y estéticas: piezas de sushi entre libros de poesía, una camisa entre un teléfono a disco, latas de cerveza tiradas al lado de una bombacha rosa. En el fondo de la escena, unos telones pintados inscriben palabras y frases de colores sobre negro, interviniendo el espacio para generar una contrapropuesta llamativa, misteriosa y apeladora. Por otro lado, el vestuario se inscribe hasta en los más pequeños detalles -pines de metal en un saco, unos rodetes con gomitas de colores, buzos con hombreras y volados-, instalando ya desde el principio una identidad clara a estas personajes que protagonizan la pieza.


“Las oceánicas” se para desde la ingenuidad adolescente para contar la historia de las alfonsinas de hoy en día, intervenidas por el amor, la bronca y la búsqueda. Tomando a la poesía como motor, la obra se rige sobre la palabra y el juego para devolvernos la historia de esas poetas enamoradas, ajenas a los hombres y al tiempo que todo lo corrompe.

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