Reseña: Pareidolia

Por Eloy Rossen

Las formas que no se ven


Desde de la capacidad de ver formas donde no las hay, de ver cosas que no son lo que parecen, “Pareidolia” configura una puesta que en cada detalle deja entrever algo más. Tomando una trágica historia familiar, la obra se teje como un dominó cómico desde las grandes injusticias sociales hasta las desilusiones más íntimas.


Cuando observamos rostros en las luces de un auto o manchas en la pared que se parecen a animales, la pareidolia activa en nuestra mente una capacidad imaginativa, la facultad de generar asociaciones abstractas a través de simples objetos. Así, Javier Naudeau diseña una dramaturgia que establece un diálogo extrañado con los intérpretes y la escenografía, siempre con la posibilidad de encontrar otra capa de significación debajo de la anterior. Como una cajita china, “Pareidolia” atraviesa un drama realista -un padre desempleado, una madre nostálgica, una adolescente con un secreto, un hijo rebelde- para trabajar con todas esas estructuras sociales que influyen sobre nuestra cotidianidad, siempre reflejo de algo que se está omitiendo.


La obra comienza cuando Willy y Luciano, amigos inseparables, ven una oportunidad de negocio en la superficie llana de una bolsa: sólo revelada su forma exterior pero nunca su contenido. Sin embargo, cuando el secreto de Nerea, la hermana de Luciano, se ve revelado, la trama se desenvuelve en torpes enredos. Mientras los celulares desvían la capacidad de acción y resolución, los personajes deambulan entre las paredes de una casa semivacía, dominados por el flujo de una realidad mayor a ellos que los atraviesa. Cual nihilistas, los padres obvian lo que les está sucediendo a sus hijos, mientras los hijos descuidan lo que está sucediendo entre ellos. Ninguno de los intérpretes se encuentra apto para ponerle un frente a la situación, y lo que simplemente resta son las formas vacías de esos cuerpos confundidos en su propio espacio y tiempo.

La escenografía replica este “vaciamiento” con vigas que dividen las habitaciones de la casa, simulando paredes agujereadas, junto con puertas invisibles, que nunca llegan a disgregar el afuera del adentro. En esas figuras extrañas, se develan fuerzas que incitan los conflictos familiares pero no se ven -desde una piedra invisible que rompe el vidrio de la ventana o el sonido de una llamada telefónica inaudible-. “Pareidolia” deja al público el trabajo de encontrar, desde la asociación creativa, cuál es el conflicto verdadero que engloba a la historia, y si realmente esos personajes son agentes de su propio destino o simples formas que se vislumbran en sujetos huecos.


Si hay algo que sostiene enteramente a la puesta, es la afinada labor de los actores en escena. El entrenamiento con el texto y la dinámica de los diálogos influye positivamente en el resultado final y el público devuelve ese trabajo con agradecimiento y emoción. De alguna manera, la creciente tensión dramática se va colando entre la estructura cómica de la puesta, provocando que la sala se silencie por completo un instante después de colmarse de risas. Sin duda, los intérpretes dejan toda su interioridad a la vista, arrojando en el escenario una serie enriquecedora de símbolos para desmenuzar.


La obra introduce pistas silenciosas entre las filas de las butacas, sin dejar opción al espectador más que a colocarse desde una posición activa y alerta. Sincera y perturbadora, “Pareidolia” construye con todas las piezas implícitas, una historia que es todo lo que no parece ser.
“Pareidolia” está todos los domingos a las 20.00hs en el Portón de Sanchez. Podés conseguir tus entradas a través de Alternativa Teatral.

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