Reseña: Ese Bow–Window no es americano



Por Sofía Luna Roberts

¿De qué están hecho los portazos? ¿Cómo interpretar lo que quieren decir? Son algunas interrogantes que merodean y chocan en la atmósfera creada por Mariana Obersztern. Brindándonos nada más que preguntas llenas de incertidumbre y el surgimiento de una sed por tratar de encontrar esas respuestas en donde nos aliviaría, un poco nomás, la fuerte tensión de la existencia. Es como si luego de una pelea, discusión, y/o disyuntiva con nosotros mismos o con el otro, es necesario el descargo enérgico del cuerpo frente a toda esa marea de confusiones y enojo que no se pueden resolver. Esa liberación suele tomar forma de un “portazo” en el cual un mensaje se quiere transcribir tras el ruido y la intensidad de dicho acto. Mariana Obersztern nos ofrece su lectura con “Ese bow – window no es americano” presentado en la Sala Dumont (Santos Dumont 4040) todos los domingos a las 18 hs hasta el 30/06.



La obra es una adaptación del cuento Nada de todo eso de la escritora Samanta Schweblin que forma parte del libro Siete casas vacías (2015). La directora logra una adaptación interesante en donde combina la acción teatral y el cuento narrativo para efectivizar una pieza acorde al nuevo mensaje que Obersztern está dispuesta a transmitir. La historia trata sobre los viajes rutinarios en auto que suelen emprender una madre con su hija por las casas residenciales de su barrio. Su actividad consiste en observar casas ajenas, acomodar objetos en su lugar, embarrar céspedes ajenos y seguir observando lo extraño que genera una cierta curiosidad en las protagonistas.

Si bien el texto sigue de manera fiel al cuento, la directora decide avanzar su lectura a través de lo lúdico: el juego de perspectivas, de miradas, de voces mentales que se interponen con el relato e interrumpen la lectura lineal que pueda llegar hacer el espectador. La corporización de las palabras, ideas y pensamientos se ven concretadas en los objetos escenográficos, en el espacio y en la interpretación de las actrices en escena. Es interesante el papel de María Merlino, la hija, que cumple con un doble rol: es narradora y personaje al mismo tiempo. Esta duplicación apela a la confusión y desencuentro que sostiene con su propia identidad. La hija es narradora en la manera que expone las conductas, acciones y movimientos de los personajes, lo hace de frente mirando al espectador generando un contacto único. De esta forma se conserva la calidad narrativa del cuento y deja en claro que la hija es la dueña de las palabras, mientras que la madre es la que acciona y controla toda la situación.

Mirta Busnelli nos ofrece una madre autoritaria, llena de fragilidades y contradicciones, generando humor con pequeños gestos o acciones que caracterizan su rebeldía. La presencia de la dueña de la casa, Vanesa Maja, lleva la tensión a su punto máximo: con el ruido de sus tacones, su vestimenta refinada y sus palabras acotadas y punzantes logra generar una cierta incomodidad que moviliza la escena. Ambas protagonistas siguen la trama sin atender el discurso poético de la hija que anticipa sus movimientos. Es como si se encontraran en un plano completamente distinto, en el plano de la acción teatral. Obersztern también decide involucrar otro plano: el audiovisual. En el centro del espacio se encuentra una pantalla que nos habla con sus imágenes en blanco y negro mostrando en primer y primerísimo plano a las protagonistas, más que nada la madre, y sus acciones. El dispositivo audiovisual es otra ventana que interactúa con los cuerpos en escena, se mimetizan con el discurso que describe la hija y nos ayuda a espiar ese mundo interior/exterior que sólo escuchamos con palabras.

“Ese bow – window no es americano” es una obra sensible que nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la memoria, la identidad y la relación entre madre e hija. Pone a disposición un espacio escénico en donde presenta distintas zonas de conflictos: el interior de la casa, el auto y el barro. A través de sus personajes, nos plantea preguntas sobre cómo nos vinculamos con el pasado para sanar nuestras heridas e interrogantes que quedaron detrás de ese “portazo” confuso a la hora de relacionarnos con el otro.

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