Reseña: Mala Madre


Por Damián Faccini @La4taparedprensa

Hay obras que no se contemplan; se atraviesan. En el sofocante y contenido espacio de la sala, asistimos anoche a una verdadera lección de anatomía emocional. El unipersonal que aborda la biografía de esta actriz imparable es, antes que un ejercicio autobiográfico, un rito de iniciación a la madurez humana.

La propuesta no busca la complacencia ni la nostalgia fácil. Es el mapa de una vida turbulenta, atravesada por pasiones voraces, entregas ciegas y una tenacidad feroz. El hilo conductor no lo marcan los hitos profesionales, sino el tejido vivo de los lazos familiares: la presencia abrumadora y fundacional de la abuela, la complicidad visceral con el hermano y ese amor maternal que reordena el universo. A través de ellos, la protagonista erige un estandarte de feminismo real, alejado del panfleto: un feminismo encarnado en el cuerpo, la pérdida, el parir y el criar. En esta narrativa, el nacimiento, la vida y la muerte no aparecen como etapas sucesivas, sino como un todo indivisible que respira simultáneamente sobre las tablas.
La puesta en escena transforma la pequeñez física del teatro en un territorio infinito: pese al reducido espacio, el uso de las herramientas audiovisuales y multimediales es magistral. Lejos de ser un mero adorno, las pantallas y proyecciones funcionan como extensiones de la psique de la actriz, dialogando con ella en tiempo real y dinamitando las fronteras del escenario.


La iluminación, de una precisión quirúrgica, recorta el espacio para generar atmósferas íntimas o abrumadoras con solo un cambio de intensidad. El diseño sonoro, envolvente y de una cadencia casi orgánica, marca el pulso cardíaco de la pieza.


Todo este engranaje técnico colapsaría sin el eje que lo sostiene: una actuación de una entrega absoluta. La actriz no actúa su vida, la exuda. Hay una generosidad física y vocal desarmante, un transitar por los vértices del dolor y la euforia sin red de seguridad que intimida e interpela.


Un espectáculo estremecedor y necesario que nos recuerda que las cicatrices, cuando se exponen con semejante maestría y valentía, pueden convertirse en pura poesía escénica.

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