Crítica: El último hombre

Crítica: Gonzalo Borzino

Luego de haber sobrevivido a la guerra y regresar a la casa donde creció, Kurt (Hayden Christensen) nunca hubiese imaginado que lo peor estaba por venir. Estancado en una sociedad decadente y acosado por fantasmas reanimados por su trastorno de estrés postraumático, comienza a ser seducido por la idea de que el mundo está llegando a su fin y que debe preparase para lo inevitable. Incentivado por el cuestionable mesías Noe (Harvey Keitel), Kurt se refugia en su soledad y fabrica un bunker para sobrevivir a la tormenta que se avecina, a la cual solo los más aptos sobrevivirán.

A pesar de poseer una obra netamente enfocada en documentales, siendo el más reciente el de Boca Juniors (2015), Rodrigo H. Vila apuesta por su primer largometraje de ficción como director, productor y escritor principal. Algunas de las técnicas implementadas delatan su trasfondo no ficcional, como al momento de desarrollar una secuencia de acción, en donde el plano se queda fijo y muestra el panorama completo de la secuencia en lugar de acompañar los movimientos para generar adrenalina en el espectador. Desde luego que esto podría ser una marca autoral de un surgente cineasta, por lo que habrá que esperar y ver.

También titulada como “Numb, at the Edge of the End“, la película argento-canadiense está dotada de un impactante estilo visual. Ante los ojos del espectador se presentan escenarios muertos, de colores apagados, donde el oxido y el abandono son los reyes. Esta disposición escénica, agregada a los cerrados planos, promueven una sensación de opresión y asfixia que lleva a empatizar con el entorno presentado, tan alejado y aun así tan similar al nuestro. Podría leerse como una hiperbolizarían de los barrios bajos, un extremismo de miseria ampliado al espectro más amplio de la población, la clase media que desaparece. Aquí reina una anarquía de clanes donde la unificación bajo un mismo símbolo es la única forma de sobrevivir, lo que lleva a algunos a unirse por sentido de supervivencia. Y luego, en medio de este entorno de caos, se encuentra la agencia de seguridad, cuya pulcritud resalta contraria al mundo exterior. Sin embargo, posee un interior hipócrita y lleno de podredumbre acorde con lo que se vive afuera, el cual es revelado al momento de apagar las luces.

A nivel actoral, Christensen posee momentos de verdadero dolor facial. Sus expresiones de destrucción de alma recuerdan demasiado (para bien o para mal) al Anakin de Star Wars: Episodio III, cuando este ejecuta las masacres en nombre del emperador. Es una mirada llena de tristeza, pero llena de decisión. Su dinamismo con Liz Solari, su interés amoroso, no está demasiado desarrollado debido al casi nulo tiempo que ella está en pantalla. Acaba siendo un dulce para los ojos y poco mas, evidenciándolo incluso en la narrativa misma, donde a su personaje se lo ve como alguien con quien tener relaciones. Curiosamente, este papel lo iba a llevar a cabo Lusiana Lopilato, pero debido a los problemas de salud de su hijo debió desembarazarse del mismo. Por otro lado, un personaje que es absolutamente disfrutable, tanto por lo actoral como por la forma en que está escrito, es Johnny (Justin Kelly), el amigo ya fallecido de Kurt. Es la representación de un pasado que se niega a morir, una entidad anterior a la nueva vida de refugiado que lleva a cabo y alguien que lo ata a su viejas formas, entorpeciendo su progreso para volverse un sobreviviente efectivo. Por último, cabe resaltar la participación de los skinheads como parodia de los drugos de La Naranja Mecánica (1971), de entre los cuales salen dos extremos actorales muy dispares: El de Raymond E. Lee como un líder estructurado y el de Steve Kisicki como un pandillero enloquecido. Uno no puede evitar sentir al último un tanto “Gollumesco”, gracias a sus exageradas muecas y bailes que realiza durante sus numerosas apariciones a lo largo de la película.

Resulta una primera experiencia interesante para que un director/escritor que no posee terreno en la ficción pueda comenzar a dar sus primeros pasos. Por momentos resulta un poco lenta, pero eso no evita que uno continúe encadenado, fascinado hasta que punto arrastrara Kurt su locura, y como reaccionara su entorno ante esto. Hasta que estrene su siguiente largometraje, habrá que refugiarse en la existencia de esta película para poder ver si los aciertos de Vila fueron fortuitos o conscientes

Puntaje: 7.0/10

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