Crítica: El Retiro

Por Bruno Glas

Envejecida

Rodolfo se jubila después de 50 años de ser obstetra. Al comienzo del filme lo vemos siguiendo su rutinaria vida de retiro, sin demasiados sobresaltos. A Rodolfo no lo notamos muy contento. Sabremos que es viudo. Pero poco más que eso. Lo notamos siempre cansado, con un dejo de agotamiento en los ojos, como si la vejez y el consecuente cese de su trabajo implicaran el fin de cualquier alegría posible para el personaje. Desconocemos sus gustos, sus manías, sus aficiones. La vejez del protagonista tal cual la caracteriza la película parecería estar signada por esta única cualidad. Incluso en los pocos momentos en que Rodolfo sonríe lo notamos como incómodo. La llegada de Ignacio, un amigo suyo, que cae a su casa sin avisar y con intenciones de festejo, constituye un gag efectivo, porque en su irrupción exagerada rompe con la congoja de Rodolfo.

La tranquilidad de Rodolfo se verá afectada cuando quede al cuidado de Diego, el hijo de 8 años de la mujer que limpia en su casa, y que se ha ido a Santiago del Estero. Laura, la hija de Rodolfo, toma la decisión de quedarse con ellos en la casa, y es a partir de la convivencia entre los tres que gira el núcleo dramático. Pero este no llega nunca a buen puerto. Y esto ocurre por la ya mencionada unidimensionalidad de Rodolfo, con un Luis Brandoni monogestual hasta lo exasperante. A ello debemos sumar los constantes reclamos que Laura le hace a su padre, puestos en diálogos que subrayan el cariño que él le ha tomado a Diego, pero que ella jamás obtuvo. De hecho, el vínculo padre-hija entre ambos aparece de forma muy superficial, a las apuradas, y sólo para llegar a una resolución forzada, y por tanto malograda en su búsqueda emotiva. Lo mismo pasa con la muerte de uno de los personajes secundarios, como por un volantazo de guión, que sirve solamente para que éste ilustre en un grosero primer plano la idea de que “hay que aprovechar la vejez”.

En medio de todo esto, está Diego, que con su presencia otorga una imprevisibilidad que al resto del filme y a sus personajes les falta. Su comportamiento de niño rebelde aparece en dos escenas clave. La primera, cuando vemos que el quilombo que ha hecho en la cocina de Rodolfo fue especialmente para prepararle el desayuno. Y la segunda, en el acto escolar al enunciar el discurso “verdadero” del Sargento Cabral antes de morir en batalla. Son dos momentos donde los componentes emotivo y cómico funcionan, en una película que por lo demás no sabe sostenerlos en el resto del metraje.

Calificación: 4/10

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