Crítica: Midsommar

Critica por: Gonzalo Esteban Borzino

En el crepúsculo del amor, a punto de terminar con los dramas de su sobre dependiente pareja, Christian (Jack Reynor) recibe una llamada desesperada. Una tragedia familiar ha dejado a su novia Dani (Florence Pugh) más vulnerable, encadenándolo en una relación de la que ya no quiere formar parte. Sintiéndose culpable, la invita a participar de un viaje de estudio que realiza con sus colegas antropólogos Josh (William Jackson Harper) y Mark (Will Poulter) a Midsommar, un festival de verano que se celebra cada 90 años en una aldea remota de Suecia. Este sitio, hogar natal de su callado amigo Pelle (Vilhelm Blomgren), parece el lugar ideal para descansar y trabajar en sus tesis, pero poco a poco comienza a mostrar su verdadero rostro cuando presencian el notorio choque cultural provocado por los rituales de una comuna aislada.

Golpeando de frente a nuestras expectativas genéricas, retorna Ari Aster (Hereditary) con su segundo largometraje, construido sobre sentimientos de dolor y aislamiento. Una protagonista en soledad, a pesar de estar junto a su novio; un grupo aislado, a pesar de estar abrazados por la aparente calidez de los locales; una ominosa oscuridad, a pesar de nunca ponerse el sol. Un guion de tensión exponencial, comenzando sutil y lento, toma del espectador pequeños permisos para mostrar su folclore de forma paulatina, aprovechando el esquema de las festividades. Esta serie de avances no es gratuito, sino que mama de viajes psicodélicos provocados por el reiterativo consumo de drogas, las cuales fomentan la deformación del apartado visual , generando una idea de realidad ajena o, cuanto menos, puesta de cabeza. Asimismo, la cinta está poblada de pequeños momentos humorísticos propios del cruce cultural, habilitando el discurso justificativo de “la cultura ajena” y quitando pesadez a la lentitud de un acto y medio sin demasiados riesgos. Para cuando se quiere reaccionar, tanto los personajes como los espectadores, descubren que fueron ellos mismos los culpables de haber bajado la guardia, confiando en las sonrisas nórdicas.

Ari Aster ha encontrado una forma de narrar una historia de encierro, sin la necesidad de mostrar ninguna cadena.

Su tagline lo dice todo: el terror no espera a la noche. La puesta es casi en su totalidad dispuesta en exteriores luminosos de día, desarmando las expectativas del subgénero donde cultos realizan ritos en criptas y claustros. Asimismo, demuestra que no hace falta buscar soporte en lo sobrenatural y en la imaginación que la oscuridad avala, sino que podemos descubrir que la monstruosidad humana al alcance de nuestra mano. Al momento de leer la sinopsis uno predice similitudes del culto de Hårga con clásicos dementes como los Hewitt (La masacre de Texas, 1974), grandes procesiones paganas que toman incautos mediante engaños (El hombre de mimbre, 1973) o, incluso, trampas turísticas en lugares perdidos en medio de la nada (Hostel, 2005). Sin embargo, quien se atreviese a realizar tan temprano análisis se toparía rápidamente con un error, puesto que Ari Aster ha encontrado una forma de narrar una historia de encierro, sin la necesidad de mostrar ninguna cadena. Los personajes se mantienen en la zona de peligro por voluntad propia y no por un motivo superior o ajeno, compartiendo con el espectador la impresión de que las cosas no están tan mal como parecen, para luego caerles encima de forma impredecible.

Otro elemento que ayuda a generar ese vinculo de confianza a ser roto es el arte. Este se soporta de las tradiciones rurales, destacando como contraposición de la hostil frialdad con la que abre la película. Junto a los amplios paisajes paradisiacos bañados por el sol de media noche, se hayan grandes casas comunales pobladas por los arios habitantes, portando blancos vestidos bordados y utilizando tecnología tradicional para las labores hogareñas, cargando al entorno de una encapsulada época pasada. Las construcciones resultan distintivas y es posible ubicarse en la aldea en todo momento gracias a ellas, logrando que uno nunca se sienta perdido en Hårga. La paz de la campiña solo se ve afectada por la irrupción de las agresivas notas de Bobby Krlic, que nos ponen alerta a los cambios en el entorno, sin necesidad de caer en aberrantes sobresaltos, sino que por la construcción atmosférica disonante.

Midsommar es una película de terror que se atreve a desarmar el terror pagano, volviéndolo algo verdaderamente aterrador, sin presentar ninguna criatura ni “dioses verdaderos”. Su multipremiado elenco no se ve eclipsado por la pasividad de la protagonista o el eslabón de débil caracterización que es Mark (Cuyo actor es Colin en Bandersnatch), quien cae en redundantes accionares innecesarios para dotarlos de la banalidad del “tonto del grupo”. Ari Aster hace un llamamiento al dolor en soledad, famoso motor captador de sectas de raciocinio torcido. Es el verdadero monstruo, el que te deshace como sociedad y te hace insertarte en su vientre de forma voluntaria. Sin hipnosis ni pociones, solo humanos que muestran empatía. Es la locura incomprensible desde afuera, la tradición coherente para sus adentros, y el terror que no espera la noche, porque esta siempre latente.

Su estreno en Argentina será el próximo 7 de noviembre.

Puntaje: 9.0/10.0

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