Hay alguien que nos odia: Reseña y comentario sobre desmontaje

Hay alguien que nos odia

Por Marie Alvarez (Face/Ig: @yosoylahermanadeshakespeare)

Voy a comenzar esta reseña advirtiendo que lo que escriba a continuación va a ser sumamente personal y de contenido sensible. Espero me puedan acompañar hasta el final de la lectura.
“Hay alguien que sueña / Hay alguien que lucha / Hay alguien que resiste / El odio no nos va a vencer
La sinopsis de la obra me convoca desde el primer momento: una pareja de mujeres jóvenes (una argentina y una brasilera), recién mudadas a São Paulo se encuentran con amenazas lesbófobas por parte de sus vecines.
La noche anterior a recibir la invitación a cubrir esta obra, estuve en una fiesta con una chica brasilera (dándonos besos, que se entienda). Yo soy mujer y lesbiana. La invito a que venga conmigo al teatro, me acompaña. Lo agradezco particularmente porque -además de una cita- siento que gané un montón en términos de aprendizaje no solo respecto a la reflexión de la recepción, sino a las diferencias -impensadas para mí- entre la cultura brasilera y la nuestra.

La escena está resuelta de un modo muy simple pero eficaz: un espacio bien delimitado por una estructura de varas, una pequeña porción de frente a la platea cubierta de capas de tul para proyecciones y adentro un sillón, una mesa y sillas. Dos actrices geniales. Hay que destacar que quien interpreta a la brasilera es brasilera. El lenguaje transita del español al portugués y ofrece pequeñas traducciones. Un director con un poder de escucha inmensa –atino, no solo en relación al potencial de estas actrices, sino en una intención clara de pensar como movilizar al afuera, al público. Un texto dinámico (anárquico, declara la autora), irónico y punzante. Las proyecciones que acompañan la acción nos causan repelús a quienes seguimos lo que fue la última elección presidencial en Brasil. Los lenguajes escénicos son exactos y están sustentados en una urgencia de comunicación de un mensaje, aunque lamentable, pertinente. Este espectáculo es una alerta.

La obra comienza con la llegada de la pareja al departamento del abuelo muerto de la brasilera. Lo primero en lo que se hace foco es en los contrastes entre una nacionalidad/personalidad y la otra. Mientras la brasilera (Maria) es más relajada y complaciente e intenta tener la fiesta en paz hasta que la situación se vuelve realmente insostenible, la argentina (Cata) es más auténtica respecto a su estado emocional y trata de confrontar eso que le molesta, constantemente le pone el cuerpo a la situación y es la primera en reaccionar. Hay una incomodidad y una diferencia abismal entre ambas desde el inicio que me lleva a preguntarme ¿por qué son pareja? y más aún, ¿por qué se mudaron juntas? (voy a arriesgar una respuesta más adelante). El vínculo de pareja entre estas mujeres en ningún momento está fetichizado, ni deviene en los clásicos clichés que el cine, por ejemplo, construye sobre la idea de relación lésbica. Este tratamiento sobre la dinámica entre ellas es para felicitar.

Los hostigamientos por parte del entorno a estas mujeres comienza como todo hecho de violencia, con algo aparentemente poco trascendental en forma de chistes sobre la chica argentina por parte de les amigues de la otra en una fiesta. Las expresiones de odio se trasladan al edificio donde viven, y van desde unos grafitis amenazadores que aparecen en la puerta de las chicas a referencias como “dejaron un zapato afuera”. En el medio, tenemos un vecino cura que viene a traerle la palabra a una de ellas, haciéndola dudar de su elección (y así aparece el gran guiño a cómo la práctica religiosa es determinante en Brasil; a pesar del crecimiento del evangelismo el catolicismo aún es la religión oficial). Mientras tanto, la figura del abuelo muerto se manifiesta en forma de ruidos repentinos en el departamento; este hombre había sido un torturador de la dictadura y cuando nos enteramos de este dato el fantasma se convierte en una presencia verdaderamente inquietante (de un pasado atroz que tenemos terror que se invite a nuestro presente). Mi acompañante me cuenta que la policía de Brasil es militar y que las prácticas de tortura son frecuentes hasta hoy y no divergen mucho de las utilizadas en tiempos de dictadura. Además, sabemos lo que está aconteciendo en Chile. Las proyecciones creo que están perfectamente elegidas, pasan de imágenes aéreas de la ciudad a imágenes de las marchas tanto a favor como en contra en la última elección presidencial, Ele Não, él no, y nuevamente hacia el final, a ciudade, as luzes, as ruas. El miedo tanto de estar adentro como de salir al exterior aumenta para estas mujeres. El miedo paraliza. Les espectadores somos vouyeristas y estamos imposibilitades de ayudarlas, nos refugiamos en el conocimiento de que esto es ficción.
Hacia el final, un niño comete una agresión física sobre el cuerpo de una de las protagonistas. Lo realmente perturbador es que la violencia venga de la mano de un niño, que evidentemente tiene naturalizado el odio. La policía no responde, la administración del edificio no responde. Entendemos que en ese edificio todes están al tanto de los ataques y sin embargo nadie interviene (y la pasividad, sabemos, al menos nos posiciona en el papel de cómplices). Operan el sesgo de raza, clase y sexualidad que defiende más a unes que a otres. La relación de la pareja se resquebraja totalmente, a pesar de esto, no hay separación; al contrario, el miedo las empuja aún más al apego. Respecto a lo que menciono al principio, me quedo pensando cómo esto sucede en las relaciones LGTBIQ+, aún sin amenazas externas… ¿Será que nos cuesta el desapego porque somos pocos y ya con la sociedad tenemos disputas de sobra? Y con el miedo, viene la maldad, viene el deseo de que el odio sea exterminado; pero para que el odio desaparezca, algo tiene que morir, y de vuelta hay un jaque de sentido que nos devela que cualquiera, dadas las circunstancias, puede tener pensamientos monstruosos.

Amor / En tiempos de ódio
Nos quedamos a un debate posterior que tiene como protagonistas a las actrices (Estrela Straus y Marina Artigas), al director (Patricio Witis) –que casualmente había visto días antes en “La desgracia”- y a quién sinceramente desconocía hasta el momento, pero me alegra que tanto en el programa de mano como al inicio de este intercambio Witis declare ser miembro del colectivo LGTBIQ+-, a la dramaturga de esta obra (la brasilera Michelle Ferreira) y como invitada especial se encuentra la dramaturga argentina Maruja Bustamante.

Nos cuentan que Hay alguien que nos odia fue escrita y estrenada en 2011 en Brasil bajo un contexto social totalmente distinto al que transitamos ahora. Nos enteramos que en esta versión hay una adaptación sobre uno de los personajes (Cata, que en el texto original ha vivido en varios países sin ser certero su origen, aquí es argentina), y de datos más casuales como que la directora es quien sugiere las referencias del “Ele Não”.
Esta charla es sumamente íntima, y reflexiva sobre el momento actual no sólo de la escena contemporánea sino también del momento que vivimos políticamente a partir de la última elección presidencial en Estados Unidos y del avance la derecha en Latinoamérica. Hablamos obviamente -aunque sin pronunciar su nombre para no darle mayor poder, al igual que en la puesta- del actual presidente de Brasil. Este desmontaje me hace entender la obra desde otras aristas. Witis cuenta que en general la gente espera más del final, a lo que Maruja pregunta: “¿son de escénicas?”. Witis afirma, Maruja opina que la gente de teatro siempre quiere más. Me declaro culpable desde mi rol de creadora escénica. Automáticamente pienso que si lo que acabo de ver fuese la vida real, sería gravísimo. “¿Cuánta más violencia que esto?” dice Witis, como si por defecto, por ser ficción, necesitáramos algo más. Por supuesto, tiene toda la razón. La violencia es violencia, no importa su magnitud.

Al respecto mi acompañante (A de aquí en adelante) me comenta que el contraste entre las dos mujeres lo siente real, y que ve reflejado tal cual el comportamiento brasilero en la puesta. En esta charla se conectan los temas de la obra con nuestro cotidiano. Se habla de la falta de memoria de la dictadura en Brasil –dicen algo así como que al estar omiso, en referencia a la historia del país, el hecho se perdona- y la diferencia de lo vocales que somos les argentines ante las injusticias. Se señala que la violencia crece en el ámbito civil y que el poder político al reafirmarlo, extiende y refuerza esa violencia nuevamente en la población. Reflexionamos sobre los derechos inclusivos que pensábamos teníamos conquistados y que, sin embargo, en la praxis del día a día dudamos si los tenemos asegurados realmente. Un chico en la platea propone que el casamiento igualitario no sirve de nada si luego no se puede caminar con otra persona del mismo sexo de la mano tranquilamente por la calle. También se trae a colación el fenómeno de las iglesias evangélicas en Brasil y de su poder de contención social de los sectores más marginalizados, cosa que no ha logrado el gobierno.
Alguien menciona la expectativa de vida promedio de una persona trans: 35 años. Pienso en la sentencia lesbodiante de principio de año sobre Marian Gómez. Se comienzan a citar nombres, muertes: Marielle Franco, la concejala, activista y lesbiana asesinada a tiros en Brasil luego de un acto político en 2018. En Argentina, hace días solamente mataron a puñaladas a Pablo Fullana Borsato, activista y artista LGTBIQ. La semana anterior, un hombre asesinó con dieciséis cuchillazos a La chicho, una mujer trans de 49 años en La Plata porque ella le había dicho “qué lindo que sos” al otro; cuando la prensa comunica la noticia misgenderean a La chicho, la llaman “hombre” y usan su nombre anterior. Estos son, aquí mismo donde tenemos la ley de derecho igualitario y la ley de identidad de género, sucesos cotidianos. Estos son crímenes de odio, no hay otra forma de llamarles, nos odian y yo no encuentro una razón lógica para que esto suceda.
En el debate Maruja señala que la curiosidad tal vez sea clave para ir contra la ignorancia, y que promoverla en les niñes y en los ámbitos educativos es fundamental para combatir el miedo. La curiosidad es el impulso que nos hace ir hacia lo desconocido, y lo desconocido no tiene por qué ser malo. Luego Estrela, conmovida, pide que el miedo no nos paralice, que no seamos igual que los que nos odian, que por favor no odiemos, que resistamos desde el arte.
Alguien en la platea dice que lo que le llama la atención es que habiendo visto la puesta cuando se estrenó en Brasil en 2011 la lectura que hizo en su momento fue de una ficción total; y que la percepción que tuvo con esta versión es la de haber visto un documental. Con A nos quedamos intercambiando luego de la función, y ambas arriesgamos que la mujer que mencionó esto: a) probablemente sea heterosexual o b) ha sido extremadamente suertuda. A me cuenta que vivió amenazas de muerte en 2011 –coincidentemente- en Brasil por ser lesbiana. Yo recuerdo con detalle un episodio un par de años atrás cuando un muchacho en plena calle principal de Córdoba, en un paso de peatones, nos aborda mientras yo iba de la mano de mi novia de aquél momento. Cuando nos ve tomadas de la mano hace un gesto de asco y me dice con total impunidad frente a quienes esperaban para cruzar la calle junto a nosotras “si fueras mi hermana te meto un tiro”. Tanto A como yo coincidimos en que nuestros cuerpos son leídos como blancos, cis y femeninos, lo cual probablemente nos pone en una posición de privilegio frente a otras identidades diversas. No hace falta mucha imaginación para pensar qué nos podría pasar si esto no fuese así teniendo el caso de Higui fresco en la memoria.

Cuando salimos de la sala con A vamos en búsqueda de algún bar donde tomar algo. Le doy la mano, “aprovechemos que podemos”, le digo. Nos besamos en la calle. El beso es deseo, pero accionarlo en público es una práctica política intencional y consciente en la que ponemos el cuerpo, aun entendiendo los riesgos potenciales, porque sabemos que la visibilidad -de nuestra comunidad y de nuestro amor- es necesaria.

Espero que dentro de cien, doscientos, quinientos años, esta pieza pueda considerarse anticuada, un retrato de una época de intolerancia que ya no existe”, desea la dramaturga de esta pieza para el futuro. Muches otres y yo, porque son nuestras vidas las que están en juego, esperamos lo mismo que ella. Gracias a este equipo de artistas por hacer Hay alguien que nos odia. Ojalá todo el mundo pueda ir a ver esta obra porque su mensaje es urgente. Por lo pronto, quedan dos funciones para aprovechar.

El odio no nos va a vencer.

***

FUNCIONES:
Domingo 8 y 15 de Diciembre – 20:30 hs
Teatro El Grito – Costa Rica 5459 (CABA)
Entrada: $ 350,00
http://www.alternativateatral.com/obra69135-hay-alguien-que-nos-odia
https://www.instagram.com/hayalguienquenosodia/?hl=es-la
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Ficha técnico artística

Texto: Michelle Ferreira

Actúan: Marina Artigas, Estrela Straus

Vestuario: Tainá Azeredo

Escenografía: Tainá Azeredo

Realización escenográfica: Manuel Escudero

Audiovisuales: Boria Audiovisuales

Visuales: Tiago Haddad, Conrado Vidal

Música original: Bernardo Bibancos

Fotografía: Loló Bonfanti

Diseño gráfico: Luciana Seleme

Asistencia de escenografía: Rafaela Du Plessis

Asistencia de dirección: Bernardo Bibancos, Marina Meyer

Prensa: Sofia Maldonado, Shirly Potaz, Antonela Santecchia

Community Manager: Boria Audiovisuales

Dirección: Patricio Witis

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