Crítica: Bacurau

Por Bruno Glas

Bacurau abre con una escena llamativa y poderosa, de las que captan de inmediato nuestra atención: un grupo de gente que lleva a cabo el entierro ceremonial de la matriarca de su pueblo. Con seriedad, pero sin perder el humor, Mendonça Filho nos ubica en el tiempo y espacio del filme. Al mismo tiempo, va dibujando de a poco el perfil de varios de los personajes del lugar.

Esta construcción resulta virtuosa en tanto muestra del universo del filme, casi enteramente con imágenes y sin una palabra de más. El destino de la película supone una geografía imaginaria. En otro momento, el maestro del pueblo trata de enseñarles a los chicos de la escuela la ubicación precisa del pueblo. Al no poder encontrarla en el mapa de su tablet, opta por mostrarles uno tradicional, que de tan rudimentario no parece real. Esta creación de un lugar posible que Bacurau supone, se cae a pedazos con la aparición de un grupo comando estadounidense que pretende invadir el terreno.

El realizador parece haber querido contar varias películas: por un lado, la del retrato de un pueblo y sus habitantes, como si se tratara de un fresco; otra, una película que muestre la invasión y ataque del enemigo extranjero contra este mismo pueblo, con una estética más o menos miserabilista; finalmente, una película “de género”, que remite sólo de manera superficial al western, a la ciencia ficción y al gore. Si de estas tres, apenas sí funciona la primera, es porque el cambio de tono impide al filme tomar una forma coherente. No se trata de jugar con lo imprevisible y las expectativas, sino de tener la capacidad de mantenerse constante. Y Bacurau exhibe más de lo que sugiere, por eso sus costuras saltan a la vista con el cambio de un estilo a otro, renunciando a cualquier fluidez narrativa. La aparición misteriosa de un plato volador tipo ovni, que más tarde revela su funcionamiento, es tan poco sutil en su valor alegórico como la gruesa caracterización de los invasores gringos: sádicos, impiadosos y frívolos, frente a las virtudes de los nativos. Para que esto nos quede claro, Mendonça Filho no duda en mostrar las atrocidades que los primeros son capaces de llevar a cabo (cómo se explica, si no, el asesinato de ese nene que jugaba de noche, o los dos soldados que cogen después de matar). Sólo así se justificaría el contraataque brutal de los nativos, que el filme muestra de manera gozosa. El problema es que ese desenfado resulta incoherente con el desarrollo anterior de todo lo ocurrido. No hay, entonces, ni un compromiso fuerte con la sobriedad narrativa, ni con el exceso del gran espectáculo.

Por lo que vemos en el tercer acto, Mendonça Filho tiene muy en claro dónde se ubica a nivel ético con Bacurau. Pero su defensa de los valores del pueblo quedó perdida, en medio de una estética de la esquizofrenia.

Calificación: 4/10

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