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El pasado mes de julio el Teatro Colón presentó su versión de la famosa ópera ‘Carmen’, del autor francés Georges Bizet; esta fue una adaptación encargada por el Ballet Estable. 109 años después, el Colón remota una de las puestas más reconocidas (aunque no la más popular) de Georges Bizet: Los Pescadores de Perlas.
Les Pêcheurs de Perles) es una ópera en tres actos con música de Georges Bizet y libreto en francés de Eugène Cormon y Michel Carré. Fue estrenada el 30 de septiembre de 1863 en el Théâtre Lyrique (Théâtre-Lyrique du Châtelet) de París.
Llevar este clásico a las tablas luego de un siglo, supuso de dar una visión moderna sin perder lo tradicional, para ello el director musical valenciano Ramón Tebar junto al escenógrafo y artista polaco Michal Znaniecki, hacen de Los Pescadores de Perlas, una puesta deleitante, marina y cautivadora.. Con un total de cuatro personajes y un equipo de bailarines e intérpretes, El Pescador de Perlas nos lleva a Sri Lanka y su litoral, dos amigos enamorados de la misma mujer y una comunidad pesquera que busca a alguna diosa para adorar.
Hasmik Torosyan, Federica Guida, Dmitry Korchak, Sang-Jun Lee, Gustavo Fefien, Germán Alcántara, Fernando Radó y Emiliano Bulacios forman parte de los intérpretes líricos de esta obra. Los mismos entregan más allá de la voz, la pasión pues, Los pescadores de Perlas involucra mucha nostalgia. Quizá el acto más sobresaliente es aquel donde los cantantes Dmitry Korchak y Sang-Jun Lee (Nadir) interpretan la legendaria y dolorosa canción “Je crois entendre encore».
La puesta en escena de Michal Znaniecki se destaca por el juego de luces y uso de telas transparentes para emular el agua, los bailarines simulan el nado mediante la danza interpretativa, este efecto hace de la obra enigmática. El azul está en sus tonos oscuros, el mismo se conjuga con el verde turquesa y el morado. La proyección de embarcaciones y mar embravecido aportan misterio a esta obra que opta por lo solemne y el sosiego antes que lo cálido.
La coreografía de Diana Theocharidis es delicada, combina el ballet clásico con el contemporáneo, le da movilidad a los bailarines asi como si fuese tritones y sirenas. Mini Zuccheri y su vestuario, aporta balance a la paleta de colores de Luigi Scogio en su escenografía. Zuccheri se encarga de representar a este pueblo costero singalés, así como también recrear la vestimenta de dioses, hechiceros y marineros.
Los Pescadores de Perlas fue el gran retorno de un clásico al colón, una ópera delicada y cautivadora. Escribió Sebastián Arismendi para La Butaca Web
“Entonces, Marta, ¿ya está lista para firmar?” son las palabras que Amalia le pronuncia a la protagonista y que, de alguna manera, también nos las dice a nosotros como espectadores. ¿Vos firmarías y asumirías un compromiso el cual va en contra de tus creencias? La tensión de los diálogos y la presión en escena nos anticipan el contexto delicado al cual nos enfrentamos. Marta y Pedro nos hacen partícipes de una de las decisiones más importantes de su vida: ser padres. Nos abren las puertas de “La Fundación” y nos sumergen en ese mundo que ya considerábamos lejano. Todos los Jueves a las 21:30 hs, “La Fundación” nos espera en Muy Teatro, Cabrera 4255 CABA.
La obra escrita y pensada por Susana Torres Molina nos ubica en un período del horror en donde el deseo de Marta y Pedro por ser padres se aleja cada vez más. Por esta razón, apelan a una “fundación” que les puede brindar lo que ellos tanto desean, pero ¿a qué costo?. La Fundación se caracteriza por ser una organización que tiene como objetivo primordial la entrega de niños y niñas a familias seleccionadas previamente. Esta elección somete a los futuros padres a un riguroso interrogatorio para corroborar de que éstos sean aptos, capaces de brindarle a esos niños y niñas el mejor hogar con la mejor educación posible; siempre y cuando cumplan estrictamente con los valores y preceptos de la religión católica. Con el objetivo de proveer una pureza que sea impecable.
A partir de aquí, se desencadena un tsunami de cruces con distintas ideas que atravesaron a la sociedad argentina, con el hincapié realizado en las palabras y en la creación de sentido a través de las mismas. Todo lo que se escucha de esos diálogos resulta demasiado familiar para la percepción del argentino/a, es un déyà vu constante a las épocas más oscuras de nuestro país. Es interesante el cuidadoso tratamiento del lenguaje que utiliza cada uno de los personajes que van desde la contundencia de las ideas expresadas por el personaje de Amalia, la fuerte manipulación del Doctor Palacios, la negación constante de Pedro y las preguntas inquietantes de Marta al querer saber el origen de esos bebés que brindan en adopción.
La dirección de Federico Nanyo es muy precisa en cada uno de los requerimientos del texto al que dota de un dinamismo tan atrapante como armónico. Todo se desenvuelve con naturalidad a pesar de ser un desarrollo triste de los acontecimientos. La manera en que le da vida a la Fundación es muy acertada ya que logra la fugaz empatía del espectador. El vestuario y la escenografía cumplen roles fundamentales para la concepción de ese ambiente abominable, frío y seco. La magnificencia de los objetos que componen la escena deja en exposición la notable inferioridad de esos padres en busca de su felicidad. La dicotomía del blanco y el negro en sus vestimentas también demuestra la formalidad y doctrina en la que se encuentran dado el contexto de la obra teatral.
El elenco es parte fundamental para hacer funcionar todo lo escrito por Susana Torres Molina y lo dirigido por Federico Nanyo. Ángel Blanco y Sofía González le dan vida a Pedro y Marta, conforman una pareja que busca satisfacer su deseo más profundo e íntimo pero con diferencias en la concreción del mismo. La dicotomía va más allá de sus vestimentas y se vuelve parte de sus personalidades ya que los orígenes y vivencias de cada uno son puestos sobre la mesa en fuerte contradicción. Pero será la pareja la que tenga una gran actuación en tanto que capta la esencia de lo requerido por el texto y la dirección. Merceditas Elordi se pone en la piel de Amalia, un personaje difícil en tanto el discurso que representa pero lo lleva con una fluidez admirable y un potente convencimiento de sus ideas y creencias. El Doctor Palacios es encabezado por Alejandro Botto de una manera llamativa, ya que la manipulación tanto psicológica como física, en sentido de su constante presencia en escena, sus movimientos precisos e imponentes, dan cuenta de una superioridad que intimida la historia que se cuenta.
“La Fundación” conlleva una catarata de emociones y sentimientos que te obliga a compartirlos con el otro ya que la reflexión está asegurada. De alguna manera u otra, todos fuimos atravesados por este período dictatorial y nos sentimos parte de sus consecuencias como sociedad. La impronta de cada personaje en sus diálogos se encadena armoniosamente en escena generando una creciente tensión construida a partir de sus interpretaciones, en conjunto con el inquietante final comprueban la vivencia de una experiencia movilizadora que es imposible de olvidar.
Perder a alguien y saber que no estará más, salvo en tus recuerdos, además de transitar por las etapas de duelo, para cada artista se convierte en una forma de expresión. Las veces en que hemos querido presentar algo pero el miedo nos detiene, además de las críticas, entra la sensación de volver a tocar esa herida al retratarla de nuevo.
Martín Flores Cárdenas toca su propia cicatriz (que aún duele) en No hay banda.
«No creo que sea teatro documental,
tampoco una conferencia performática.
en realidad no es nada» Estos versos hacen la sinopsis de esta obra en la cuál Flores Cárdenas se desnuda para el público.
Un proyector que muestra un cortometraje, banquitos, mesas, lámparas, un micrófono y un teclado, conforman los elementos más importantes de No hay banda; estos le permitirán a Flores Cárdenas ir desarrollando su anti teatro en una puesta abstracta y personal.
No hay banda es un monólogo, un performance, una exposición o un desahogo. Flores Cárdenas exhibe las heridas del duelo y las deconstruye en una pieza que se vuelve teatro anti teatro, documental anti documental, show anti show y todos los anti que se puedan agregar. No es más que una de las miles de formas no convencionales de contar algo sin agarrarse de lo obvio.
No hay banda es una ocurrente puesta en escena, llena de humor, sentimientos desnudos y un homenaje al pasado. Disponible los lunes a las 20:30 en Casa Estudio Teatro (Guardia Vieja 4257)
¿Involucionamos? Es la pregunta que cada generación se hace ante las barbaries que suceden hoy en día. Guerras, fascismo, discriminacion, violencia, corrupción, crisis climática, genocidios… Parece ser un caldo de pesimismo y nos hace pensar que vivimos en una distopía, una idiocrática.
Érase una vez el hombre y érase una vez la inteligencia, el lenguaje es el puente hacia el entendimiento pero ni hablar el mismo idioma nos salva de meter la pata de manera diplomática, pero mientras podemos añadir la famosa frase de ,Marge Simpson: ‘En un momento asi solo se puede reir’. Efectiva, vamos a reír con Érase.
»ERASE actualiza a su manera la revista que la inspiró: Érase una vez… El hombre, una versión del origen de la humanidad a la que la iglesia católica intervino durante la dictadura militar argentina combinando – hasta el delirio – creacionismo cristiano, neandertales y sapiens. Como el origen de la humanidad pareciera partir de premisas arbitrarias, tendenciosas, ridículas y erradas». Es la sinopsis de la obra original de Mónica Cabrera, Marcos Krivocapich y Gustavo Tarrío.
Mónica Cabrera, Marcos Krivocapich, Nicolás Levín, Carolina Saade, Donna Tefa Sanguinetti y Denisse Van Der Ploeg forman parte de este histriónico elenco en esta histriónica obra. Este diverso grupo de actores, comienzan con argumentos de varios filósofos a lo largo de la historia sobre el comportamiento humano y el lenguaje; luego de esto una serie de sketchs, performance, teatro absurdo que nos sacarán varias risas además de replantear debates. La dirección de Gustavo Tarrio es enérgica, vivaz y dinámica, de él se desprenden una serie de actos que quizá no tienen nada que ver uno con otro pero que conservan el mismo fondo: El lenguaje.
La escenografía de Henser Molina es acertada para el libreto de Torria. Molina compone un circo en construcción donde los actores van a ir montando los sketches de manera manual. siendo esto ingenioso ya que se aprovecha todo el aportado de utilería. Érase es una obra divertida, ingeniosa y ocurrente, que va más allá de reconstruir una enciclopedia francesa censurada, nos lleva a dimensionar el poder del lenguaje.
Disponible los jueves a las 21 horas en el Teatro el Pueblo (Lavalle 3636) Escribió Sebastián Arismendi para La Butaca Web.
¿Recuerdan aquella época dónde aún no existía el Messenger? Teníamos que conectarnos en salas virtuales para hablar con gente, interactuar y encontrar contactos efímeros. Aquellos tiempos dónde no había tanta exposición y lo clandestino estaba más desarrollado. Hoy los vínculos no han cambiado.
Antonio Villa presenta en el Teatro Nacional Cervantes su más reciente obra: Chongo triste. Una pareja homosexual está de viaje en Mendoza. Un hombre de más de cincuenta años, un escritor famoso con una ex esposa controladora igual a él, dominante y manipulador. Un joven inexpresivo 30 años menor que su pareja, misterioso, taciturno y sumiso.
Chongo triste cuenta con las participaciones de Sergio Boris, Gonzalo Bourren, Mikaela Herrera, Cristián Jensen, siendo Boris y Bourren la pareja protagonista. Ambos componen una relación dispar y desconectada donde los sentimientos no se expresan, se exigen. La melancolía reina y también colapsa los vínculos. Alfredo Dufour es el encargado de diseñar la escena. Un estilo ochentoso colmado de detalles disco y bdsm. Un cuarto de hotel dónde se incita a la lujuria y tristeza.
Nicolás Gullini compone la música de esta película, le da un aire pesadillesco y sombrío. A su vez, Mikaela Herrera hace de trompetista en escena y Julián Piñuel de músico fuera de escena. Antonio Villa construye una puesta decadente y deprimente donde no hay amor sino costumbre y dependencia, destrato y soledad.
Chongo triste está disponible de jueves a domingo a las 21 horas en el Teatro Nacional Cervantes. Escribió Sebastián Arismendi para La Butaca.
La Revista Llegás a Buenos Aires organiza el “Festival de Teatro Llegás”. Este será del 24 al 31 de octubre y tendrá por sedes Área 623, Teatro El Extranjero, Teatro Beckett, Teatro Casa Estudio, Plaza de Mayo y Teatro El Picadero. Se podrá asistir de forma libre y gratuita a siete espectáculos reconocidos e innovadores del circuito teatral independiente porteño.
Con 18 años de trayectoria, la Revista Llegás ha cubierto distintas ramas del espectro cultural de la Ciudad de Buenos Aires. En la actualidad, se enfoca principalmente en el área de teatro. Pero además de la cobertura, en cuatro oportunidades Llegás fue promotora y organizadora de Festivales de Teatro de variado contenido (el último ocurrió en el 2021 en la Plaza Salguero en coproducción con el Teatro Vera Vera). Es decir, Llegás es medio de comunicación y también, como ya lo ha demostrado, productor de contenido. Este año no se queda atrás: del 24 al 31 de octubre en seis salas teatrales de la Capital Federal, se ofrecen siete obras del circuito de teatro independiente porteño con acceso libre y gratuito.
En relación a Llegás como agente cultural y creador de contenido, Ricardo Tamburrano, director de la revista, cuenta: “Nosotros no somos los hacedores de esas obras que intervienen en el festival, sino que las juntamos. Me parece que lo que destaca de este tipo de festival es el acceso gratuito a la cultura que es distinto a lo que vemos habitualmente: que alguien va y paga una entrada. Entonces la idea de un festival gratuito me parece que lo enaltece. El festival es como un festejo porque sí y porque todos los que hacemos Revista Llegás somos hacedores del entramado cultural, somos los que intervenimos, somos actores de este sistema de producción que tiene la Ciudad de Buenos Aires, en el cual creemos. Nos gusta atravesar y preguntarnos lo que somos, y a través de ahí surge la posibilidad y la idea de hacer un festival de teatro”.
Diversidad estética, uso de tecnología, monólogos, biodramas, espacios no convencionales, obras clásicas de la escena porteña, perspectiva de género. Así puede resumirse la variedad de propuestas escénicas que forman parte del festival. Reunir y ofrecer un abanico de espectáculos como este, de acceso libre y gratuito, fomenta el encuentro entre públicos diversos. A su vez, encontrar en un mismo evento tal variedad, permite expandir las fronteras y reflexionar sobre el quehacer artístico y la convivencia entre formas tradicionales e innovadoras de concebir “lo escénico”.
Los teatros que participan alojando las obras en sus salas, los artistas, los espectadores, la Revista Llegás, todos dan la razón de ser a esta gran fiesta teatral. El festival se plantea como puente entre la cultura y la gente. “Encuentro” es la palabra que atraviesa todo. Dice Ricardo Tamburrano al respecto: “Nuestra idea es unir todos los espectáculos de lunes a lunes y que sea una fiesta, con el festival queremos invitar a la gente y entusiasmarla en el festejo de una semana de teatro completo”.
Revista Llegás crea el espacio necesario para que el encuentro mágico del teatro se produzca. Todxs tienen la invitación para participar de esta gran fiesta.
La programación puede encontrarse en el siguiente link:
Hace cincuenta años se estrenó Lección de anatomía de Carlos Mathus, obra que marcó un antes y después en la manera de hacer teatro, sobre todo en los conservadores años setenta y la posterior dictadura militar que sufrió el país.
Censurada en su momento no solo por los desnudos de cuerpo completo que presenta de los actores al inicio, sino también por los polémicos temas que toca, Lección de anatomía estuvo de manera interrumpida en cartelera hasta 20008, no solo fue presentada en Argentina sino también en Uruguay, México, Venezuela, España y Austria.
El lenguaje corporal es el transporte para comunicarnos cuando callamos, es mediante nuestro cuerpo cuando revelamos aquellos secretos que no queremos que nadie sepa, si nos desnudamos completamente, más allá de nuestras vestimentas. encontraremos el alma y lo que realmente somos, con nuestros defectos y miedos.
Antonio Leiva es el encargado de la dirección de este clásico argentino, esta vez llevado al Multitabaris para celebrar sus cincuenta años. El elenco está conformado por Luciano Heredia, Eliana Manzo, Veronica Romero, Alejo Ortiz, Omar Ponti, Valentina Cerati, Emiliano Alvarez, Hermes Molaro, Yamila Gallione, Pedro Raimondi y Javier Salas; estos actores asumen un gran compromiso y valentía al desnudarse frente al público, se despojan de pudores y prejuicios.
Lección de anatomía comprende una serie de seis historias, estas hablan de temas sensibles y humanos como la sexualidad, la exigencia social y familiar, la depresión, confianza y las difíciles relaciones entre padres e hijos. Es un ejercicio catártico.
Las luces de Stefany Briones Leyton aportan sutileza e intimidad al performance delicado perfomance de los actores, estos a su vez componen una pausada coreografía original del gran Carlos Mathus. Junto a la música original de Melina Otero y Martin Sciaccaluga, Lección de anatomía se vuelve una experiencia cercana. Leiva nos obsequia una obra clásica contada desde lo más profundo del cuerpo, un resultado donde desnudamos el alma y nuestra historia personal para poder hablar sin máscaras, siendo nosotros.
Disponible de miércoles a domingos en el Teatro Multitabaris (Corrientes 831). Escribió Sebastián Arismendi para La Butaca Web.
Carmen, de George Bizet, libertad, potencia de vida
La Marcha del Toreador de Carmen (1875), la ópera de Bizet (1838-1875) que estrenó Juventus Lyrica el viernes 14 en el Teatro Avenida, con dirección musical de Hernán Sánchez Arteaga y puesta de Ana D´Anna y María Jaunarena, es una de esas piezas musicales llamadas a ser, como en otros tantos casos de la lírica, una flor que puede quitarse de un ramo frondoso y funcionar de manera aislada, con clara autonomía. Eso la ha vuelto una de las óperas que integran el top ten de todos los tiempos. Apenas oímos los primeros acordes ya la reconocemos. Ocurre también con coros y arias: el coro de los esclavos de Nabucco o el aria Casta diva, de Norma, por poner solo dos ejemplos. Y si bien es cierto que el gusto por ese ritmo pegadizo puede llevarnos a oír Toreador una y mil veces, no es menos cierto que también es un hilo enhebrado que va conectando distintos momentos de la ópera (se lo escucha varias veces). Eso, y la presencia de un bailaor que tiene aparición frecuente y que anticipa climas y hechos con la pura expresión del cuerpo, facilita que se perciba el conjunto objetivo y constructivo del “todo musical”, como quería Teodoro Adorno, el filósofo y músico marxista para quien la música, intraducible al lenguaje verbal y articulado, no puede ser más que una experiencia “desnuda” de sensibilidad que puja por soltar las cadenas de la mercantilización consumista y emanciparse con rasgos de autonomía del capitalismo cultural que todo lo vuelve dócil y asimilable.
Y algo de eso hay en Carmen, que cuenta con varios rasgos que la posicionan en el lugar de una ópera que esquiva la pesada consideración de una obra confirmatoria de tradiciones dominantes. Contrariamente, casi todo en ella (en la obra y en el personaje) conspiró contra lo esperable. Y si hoy se nos vuelve intolerable presenciar el crimen en escena de una mujer libre y autónoma sin la catarsis que mueve al comentario, es porque guarda, como en la novedad nunca callada que actualiza todo clásico, infinidad de sentidos para seguir pensándola, tarea que Ana D´Anna y todo el equipo que comanda desde hace casi 25 años, asumen ante cada desafío lírico que emprenden, aportando notas de particular encanto que pueden advertirse en un interés claro por la presencia siempre efectiva de notas de innovación escénica y un gran talento para que el cuerpo del que emana la voz sea también un cuerpo actoral, fresco, compositivo…, capaz de producir sentido y no limitarse a un mero ejercicio recitativo. Juventus es una fiesta, y la alegría y el entusiasmo de este enorme grupo de enamorados de la música lírica se contagia todo el tiempo a los espectadores, que disfrutamos sin pausa de un espectáculo que siempre regala notas de sorpresa. Hablé de comentario sobre el femicidio de esta ópera, y agrego que, en medio de la función, mi compañera de butaca, una mujer de casi 80 con quien hicimos buenas migas apenas nos sentamos y conocimos, tal vez por estar montados en la ansiedad y la alegría que abre todo espectáculo lírico, acercó sus labios a mis oídos, y sentenció esa máxima que ya es vox populi, felizmente: “Cuando una mujer dice no, es no”. Creo que en mi nombre les hablaba a todos los hombres. Tiene razón, Carmen dice “no” varias veces al pedido de clemencia, que luego troca en insistencia y tenacidad inquebrantable de Don José (Marcelo Gómez), un enorme Don José en la rampante voz de un ogro, suavizada en la cadencia por el amor de una gitana: sí, efectivamente, vemos en escena las modulaciones y matices de una voz que traduce con eficacia los vaivenes de las galerías de un alma contrariada entre esta “diabla” y la Micaela de su madre y de su tierra.
Pero Carmen ya no lo ama; es libre y se afirma en ese carácter de su pueblo sin fronteras. Obrera de cigarrería, leída por la tradición en la órbita del Don Juan, en el mito de la mujer fatal y “meridional”, asociada a la mirada de un España ancestral más extranjera que propia, aunque Prosper Mérimée, el novelista sobre el que Ludovic Halévy y Henri Meilhac escribieron el libreto, nunca haya visitado España.
Se sabe que Carmen en realidad es una obra más cercana a la Francia de la década de 1870 que a la España que oscila entre república y reacción, y que termina con la restauración borbónica de 1874. Es esa Francia que ya cuenta con grandes personajes femeninos que rozan la heterodoxia, la “herejía”, el adulterio: Emma Bovary, de Flaubert; la señora y la señorita Dufour en Une partie de campagne, de Maupassant. Esa mirada francesa construye una constelación de majismo, gitanismo y tauromaquia: la pasión y el instinto del toro; es que Carmen morirá en su afirmación tosuda de la negación a Don José, una navarro que actualiza la oposición entre el Atlántico y el Mediterráneo, que tensiona su deseo entre una Micaela magistralmente conformada por Rocío Giordano —que grita y contorsiona en un cuerpo desesperado el clamor de su tierra, y que reclama a Don José su arraigo como hijo en la carta de su madre que le alcanza— y Carmen, la nómade, la contrabandista, la asesina, la esquiva del amor y como el amor (“L’amour est un oiseau rebelle, que nul ne peut apprivoiser, et c’est bien en vain qu’on l’appelle, s’il lui convient de refuser… L’amour est enfant de bohèmè”). Como Carmen, el amor es imprevisible y sin lógica. Se comporta como un fugitivo que escapa del territorio y del Estado, un punto de no retorno.
El cabo Don José, por el contrario, integra una fuerza de seguridad. D´Anna corporiza el control estatal no solo en los uniformes de la guardia, sino también con el desnivel en el que se encuentran con respecto al pueblo llano: están sobre tarimas o escaleras, más arriba, van muñidos de armas y conforman cercos con los que encierran a sus víctimas, la primera, Micaela. También D´Anna ha construido con solvencia el contrapunto entre ambas heroínas, cómo zigzaguean o forcejean frente al acoso de la fuerza policial: Micaela esquiva, no opone resistencia, más bien elude, a diferencia de Carmen (una muy sensual Rocío Arbizu), que enfrenta, pechea, opone resistencia, se mueve como un hábil cervatillo entre miradas y cuerpos que quieren poseerla, y cuando lo logran, sabe pergeñar ardides de bruja con encantos y seducción de Celestina, la astuta alcahueta de la gran tradición literaria española.
Este asunto pone en consideración el carácter singular, maldito, estigmatizado de la cultura gitana, que, sin embargo, recibió consideraciones alentadoras como afirmación de nomadismo y potencia de vivir, así, por lo menos, celebró el filósofo alemán Friederich Nietzsche esta obra de Bizet, de cuya representación salió montado en una estela de gozo porque retomaba el proyecto inconcluso de la obra wagneriana, el maestro con el que se había desilusionado y al que había visto por última vez de paso por Italia, después de romper todo lazo de consideración por su olvido de los valores del Canon de Bayreuth para convertirse en un “hombre que reza por las noches oraciones católicas con su mujer”. Recordemos que el proyecto de Nietzsche había encontrado en Wagner el espíritu trágico griego: lo dionisíaco y lo apolíneo, y ve en Carmen, en este sentido, una confirmación elevada de la vida y la libertad, y una continuidad de aquel proyecto. Son los años de su fuerte antigermanismo y de un acercamiento a la cultura italiana y a la francesa, es decir, al Sur, en esa síntesis con la Europa del Norte, que también replica Bizet con la España de Carmen (Navarra y Andalucía) y que retoma el proyecto de la tragedia. Otros elementos dionisíacos de Carmen son la tauromaquia, esa práctica ancestral hispánica, que expresa profundos sentidos anclados en el carácter indomable de las pulsiones humanas, y el rechazo a un arte de formas armoniosas y redentoras, y a la máquina estatal a través de la práctica del contrabando, por el cual marchan a la costa violando fronteras y aduanas, en un contexto de fuerte reafirmación de las naciones. La vitalidad y el arrojo de Carmen, que Don José intenta atajar continuamente a través de las promesas de un amor tradicional, la llevan a encontrarse con el sino trágico: el destino de muerte que lee en la tirada de cartas, junto a las muy vivaces Frasquita (Sabrina Pedreira) y Mercedes (Daniela Prado), destino en el que se afirma y reconfirma con destellos de inflexibilidad de la que se ufana (“Non! Je sais bien que c’est l’heure, je sais bien que tu me tueras; mais que je vive ou que je meure, non, non, non, je ne te céderai pas!”), toma forma escénica el dueto del ruego de José y la negativa de Carmen, que en la puesta de Juventus adquiere el ritmo de una corrida tenaz, vibrante, funesta. Con razón ha dicho Nietzsche sobre este asunto que la obra de Bizet es breve en su felicidad, casi repentina, sin perdón, un rasgo que encuentra en la “raza” calé, en la “serenidad africana”, meridional, “morena, quemada”. Se trata no solo de un personaje que halla origen en ese continente que los europeos colonizaron y esclavizaron, sino de una obrera, una mujer de la clase trabajadora que desafía el poder estatal, las leyes del comercio, los amores carceleros, fumando a la salida del trabajo públicamente, en tiempos en que las mujeres, salvo las prostitutas, lo hacían en el ámbito privado y a hurtadillas. La entrada de Escamilla a la plaza, en el acto final, es una verdadera fiesta. Un muy pintoresco barítono, Juan Salvador Trupia, anticipa la verdadera corrida: Carmen será la víctima, Don José clava el cuchillo al grito de “damnée”, endemoniada, lo mismo que si hubiera dicho: bruja, gitana, negra, puta.
Nuestro lado salvaje va más allá de tener el uso de la conciencia y reconocernos, lo que nos separa de las especies de las que descendemos es solo el uso de la inteligencia. El movimiento, la expresión y las acciones a veces delatan el animal que llevamos dentro.
David Señoran entiende bien estos términos y traspola el animal hacia el hombre, lo masculino en su obra de danza interpretativa: Las bestias.
»La masculinidad y el cuerpo se entrelazan a través del movimiento y la fuerza, entendiendo masculinidad desde un punto de vista performativo, es decir, la ficcionalización del cuerpo y sus acciones que logran una emergencia del hombre frente a lo bestial y las múltiples posibilidades de ser del cuerpo en el deseo. «Las bestias» es una obra «para hombres no mansos». Así reseña su obra el dramaturgo y coreógrafo David Señoran.
Con un equipo de jóvenes bailarines conformado por Rodrigo Bonaventura, Lautaro Cianci, Lucas Coliluan, Matías Furio, Luis Garbossa, Gastón Gatti, Sergio Jardín, Cristian Katari, Arian Ortellado, Joaquín Toloza, Fernando Vera y Eduardo Virasoro; se conforma una jauría, una manada, un festín de bestias.
Desde los primeros minutos Señoran juega con el terror y seducción, le da voz a los cuerpos de sus bailarines y estos se dejan mover por las tenues pero apacibles luces de David Seiras y la tenebrosa pero melancólica música original de Alejandro Catarino. La luz y música penetra en los cuerpos de los bailarines y como si fuera un guion, éstos van a contar una historia con sus movimientos.
Erotismo, salvajismo y conmoción forman parte de la intensidad de emociones que Señoran pone en la puesta de su obra, hace de Las Bestias más allá de once bailarines tratando ser animales, once talentos mutando de cuerpo.
Disponible los viernes a las 22:30 en El portón Sánchez (Sánchez de Bustamante 1034). Escribió Sebastián Arismendi.
Las paredes escuchan pero también murmuran, si se diera la oportunidad de saber lo que el otro opina, se armaría el caos y caen las caretas, las paredes funcionan como separador de clases.
Un hombre come una picada con un amigo de su infancia, mientras discute sobre sus privilegios de clase, del otro lado la cocinera y el bachero hablan sobre las dificultades de tener un trabajo mal pagado. Unos se quejan de lo mucho que tienen y otros de lo poco, el mesonero irá girando el escenario y mostrando el otro lado de las cosas.
Damian Kepel es el encargado de dirigir y escribir esta obra, en ella pone sus preocupaciones sobre la brecha social y a su vez, rompe la pared de la misma, tal cual como lo hizo Bon Joon-ho en Parasite. Lo que nos separa más que una pared, es una línea dibujada por tizas.
El mayor atractivo técnico es el escenario giratorio en 360 ° hecho por Ramiro Starosta. El escenógrafo compone con sumo detalle, una barra de restaurante caché y del otro lado, una cocina típica de cerámicos blancos y bachas de acero inoxidable. Estos dos escenarios se pueden girar de manera rápida y oportuna con la ayuda de algún actor. Del otro lado tiene un humor ácido y punzante, el mismo nos hará reír pero por su parte nos hará decir por dentro: yo estuve de ese lado.
Disponible los miércoles a las 21 horas en el Tinglado Teatro (Mario Bravo 948). Escribió Sebastián Arismendi para La Butaca Web.